Un cazador de letras

El escritor y guionista, Guillermo Arriaga, nos habla de su controvertida faceta como cazador. Foto, Lulú Urdapilleta
El escritor y guionista, Guillermo Arriaga, nos habla de su controvertida faceta como cazador. Foto, Lulú Urdapilleta

El escritor y guionista Guillermo Arriaga regresa a las librerías de la CDMX con su novela El Salvaje, después de dos décadas sin publicar.

FOTO: LULÚ URDAPILLETA

Entre las novelas El salvaje (2016) y El búfalo de la noche, se abre una brecha de 20 años. No hubo en ese tiempo ninguna prisa por publicar de nuevo. Guillermo Arriaga se toma siempre las cosas con calma. Él dice que sabe esperar.

Paciencia, cualidad del cazador, pero ¿no estábamos hablando de libros? Ya no. Porque si algo le apasiona a Guillermo Arriaga es la cacería. Y aunque hoy se levantó temprano después de una noche de insomnio para hablar de su última novela, la conversación desemboca, casi irremediablemente, en el animal acechado, el cazador, y las horas que corren, con el culo incrustado en medio del bosque, a la espera callada e inmóvil del momento adecuado para disparar el arco y la flecha.

“Lo más complicado de cazar con arco es abrirlo. Porque el animal se espanta con el mínimo ruido, con el menor de los movimientos. Huye y las ocho horas que estuviste esperándolo valen madre”, dice Guillermo, el cazador.

Habla de cacería porque lo disfruta tanto como escribir. Y al demonio lo que piensen los demás, aunque le cause problemas.

“¡Por favor, no menciones que eres cazador! Por favor, cállate eso, ¿sí?”, dice Guillermo mientras finge una voz angustiada y junta sus manos en una súplica. Está imitando con estas palabras las recomendaciones de su gente cercana o de los agentes de prensa. Enseguida se ríe: “A la chingada. No voy a hacer lo que los demás piensen que deba hacer, sino lo que yo quiera”.

Él quiere cazar. Y escribir. Y hacer cine. Y para todo esto se requiere tiempo y paciencia. Dice que El salvaje es resultado de redactar 16 horas diarias, durante un periodo de cinco años. Eso tardó en concluir un libro que abordara los temas que le persiguen desde antaño: la venganza, la violencia, la confrontación, la ley del más fuerte, el vínculo entre humanos y animales.

Suena como Amores Perros. La película de la que fue guionista.

“Es que toda mi obra es una sola —dice Arriaga—. No cambia mi mirada ni mis obsesiones. En todo caso, lo único que cambia es el medio que utilizo para expresarlas”.

Arriaga dice que la opinión de los demás le importa bien poco: “Me han dado duro, ¿eh? Hace poco leía que alguien decía que Amores Perros es una mierda de película. Y yo pienso —se encoge de hombros, tuerce la boca— daaa, está bien”.

La tunda incrementa cuando menciona su gusto por la caza y ocurre seguido: “Me ha llegado un tuit donde amenazan con atacar a mi madre con un machete, porque soy un cazador y, por lo tanto, un psicópata. Y yo digo: okeeey”.

Menea la cabeza. Sonríe y dice: “Ocurre que estamos alienados y eso nos vuelve hipersensibles. La gente vive en una burbuja, no sabe lo que es la naturaleza. La vida salvaje no es cute, no es ternurita. Los animales no son como sus perros. La gente… la gente está desprovista de naturaleza”.

—¿A qué refiere? —se le pregunta.

—A que en la naturaleza todo es extremo. Los animales se pelean a muerte. Cuando los cardenales se pelean, se dan en la madre sin piedad. Y los coyotes que cercan a un cervatillo no se afligen porque es casi un bebé. Son cosas que he visto.

“¿Qué sentirías si te cazaran a ti? A ver, ¿qué sentirías si cazaran a uno de los tuyos? —son el tipo de preguntas que Arriaga recuerda que le han hecho y que el responde— No me cazan. Soy especie dominante”.

“Entonces te vamos a cazar”, dice que le han amenazado.

Cazar es un acto de comunión con la naturaleza. Lo ha reiterado en diversas ocasiones. No va a retractarse de aquello que piensa, como tampoco se disculpa de aquello que escribe.

—No me importa lo que digan los críticos. Ellos cumplen con su agenda y sus intereses particulares.

—¿En el criterio de quién confía?

—De mi familia y de mis amigos.

—¿Y no hay condescendencia?

—¡No! Son feroces. Cada que escribía diez páginas, se las daba a leer. Y eran carniceros, desde la sintaxis, hasta párrafos que les parecían sobrados, o aburridos o poco creíbles.

Cinco años de escribir, mostrar, ser criticado, reescribir, mostrar, ser criticado, reescribir otra vez…

—Se necesita pasión para escribir —afirma Arriaga—. ¿Sabes qué es dedicar cinco años de tu vida a una novela, y pensar que puede ser un fracaso?

—¿Le importa?

—¡No!

—¿Por qué lo menciona, entonces?

—Porque creo que la pasión por escribir ayuda a que el fracaso no me importe. Más bien me preocupa que, cuando escribo, diga exactamente lo que yo quiero decir, y no lo que la crítica o los lectores piensen que debería decir. Eso es conceder. Y cuando empiezas a conceder, te vuelves mediocre.

Hacer lo que uno quiera, por convencimiento o por gusto, es así como se rige Arriaga. Y en cierto grado, es la enseñanza que ha buscado darle a sus hijos.

“Sí, los empujo para que respeten a los demás, que tengan una profesión sin compromisos, y sobre todo, que no hagan concesiones para obtener beneficios o fama”, dice. Así se rigen, también, los Arriaga.

En cifras:

  • 18 guiones ha escrito Guillermo Arriaga para cortometrajes y largometrajes.
  • 5 libros forman la bibliografía de este novelista y guionista mexicano.
  • 1 película cuenta con una actuación suya: Los tres entierros de Melquiades Estrada.