Desde el mundo exterior

Hace unos días comencé el experimento de retirarme, parcialmente, de las redes sociales. Digo parcialmente puesto que no cerré ninguno de mis perfiles. Sencillamente dejé, por el momento, de asomarme, de actualizarlas y de interactuar. Los motivos fueron varios: hartazgo, exceso de ocupaciones, necesidad de descanso. Las desventajas han sido pocas: que mis amigos deban escribirme otra vez al correo en vez de enviarme “mensajes directos” o, de plano, recurran al teléfono y al whatsapp. Y que me pierda de un almuerzo en honor a un conocido, del que no llegué a enterarme porque fui invitado mediante un “evento” de Facebook que no consulté hasta que era demasiado tarde (y que me ganó un mensaje cuyo encabezado era elocuente: “¡No viniste, méndigo perro!).

Los beneficios, en cambio, han sido numerosos y evidentes. He podido leer y escribir sin interrupciones. He dejado de enterarme de una cantidad sorprendente de vilezas. Paseo más con mi perro. Termino mi trabajo una hora antes. Duermo mejor, incluso. Los sesenta u ochenta minutos que pasaba revisando las redes, en periodos delirantes que a veces no duraban más de unos segundos, ahora son nada. O casi. Depende uno de tal modo de la comunicación vía redes que mi trabajo ha exigido que revise si tengo mensajes pendientes al menos una vez al día. Pero ese empeño puede durar, a lo sumo, cinco minutos. Lo demás ha sido pura ganancia.

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Por lo pronto, mi decisión es la de extender este reposo durante el verano entero. Subiré lo indispensable (notas sobre mis libros aparecidos o por aparecer, felicitaciones cumpleañeras para los amigos, esas cosas) y procuraré emplear el tiempo ganado de un mejor modo que dando likes en publicaciones de gente que apenas conozco. Quizá vuelva al modelo anterior en septiembre o quizá no: aún es un misterio.

Pierdo, como cualquiera en mi situación, el contacto frecuente con personas inteligentes e interesantes con quienes coincido solo en las redes. O con amigos lejanos, con quienes las redes permiten cierto contacto que aminora un poco la nostalgia que siente uno por ellos. Y pierdo la charla con los lectores, ay, un asunto que para un escritor tiene (o debería tener) su importancia. En fin. No sé si esto será un hasta luego o una despedida definitiva. Me doy el lujo de no pensarlo siquiera.

La dependencia que tenemos ya no es ni siquiera objeto de debate: todos lo sabemos y lo resentimos. Pero hay vida después. Hasta ahora, debo decir, una semana después de haberme retirado, el mundo sigue su curso. Los días del verano, ora radiantes, ora oscuros y nublados, parecen llenos de promesas, cuestión imposible en el interior de las cuadrículas del Facebook y el twitter. Si usted es psicólogo y esta columna le da pie a un caso clínico, anote ahí que la primera reacción del paciente ha sido el optimismo.