Juntalibros

Cuentan que cuando el profesor y crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal fue contratado para dar clases en la Universidad de Yale, a finales de los años sesenta del siglo pasado, enfrentó un curioso problema al instalarse: su biblioteca personal era tan copiosa que desbordó el despacho que le fue asignado, lo mismo que un anexo y hubo necesidad de habilitar estantes en los pasillos del departamento de literatura. Otro bibliófilo célebre, el recientemente fallecido escritor italiano Umberto Eco, cuenta en su Diario mínimo que ante la pregunta (típica de algunos visitantes poco avezados que llegaba a recibir en su casa de Bolonia, en la que atesoraba alrededor de 20 mil volúmenes) “¿Ha leído todos esos libros que guarda?”, su contestación era terminante: “He leído todos al menos dos veces, pero esta es la biblioteca de mi casa. La mayoría está en la Universidad”.

Anécdotas como estas hacen que uno vea su biblioteca hogareña con cierta perspectiva. Al lado de las de los verdaderos expertos, las nuestras resultan siempre modestas e insuficientes. Dediqué parte de este verano a acomodar y catalogar mis estantes. Reposan allí alrededor de 3,500 libros, que son menos de los 4,000 que conté el año pasado, pues medio millar fueron objeto de una limpia (las editoriales y ciertos colegas lo inundan a uno con obras que merecen otros lectores) y acabaron vendidos en subasta. Tengo un buen fondo de literatura tanto mexicana como latinoamericana, cientos de traducciones y unos cuantos en inglés. Hay mucha historia, algo de ensayo, dos libreros enteros de poesía, cinco enciclopedias y una pequeña batería de diccionarios (no sé ustedes, pero prefiero el de María Moliner al de la RAE). Tengo una pequeña colección de biografías y otra, creciente, de libros sobre escenas musicales que me interesan (el blues del delta, el punk de los setenta, el rock alternativo de los noventa). Hay en mis libreros algunas novelas gráficas (tampoco soy gran fan), un centenar de libros de arte y un estante de obras científicas a las que debo lo poco que sé en materias que van de la astronomía a la antropología.

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No puedo negar el orgullito de haber conformado esta biblioteca con una mezcolanza de fortuna, herencias, paseos por librerías de viejo y mesas de novedades y ciertos viajes nutritivos (nadie que se interesa por las letras en castellano puede regresar de Buenos Aires, Lima, Bogotá o Madrid sin una maleta rebosante de hallazgos). Con todo, sé mejor que nadie que mi pequeña biblioteca destaca, si por algo, por sus ausencias. Ausencias entre las que brillan, especialmente, las de esos autores que han dominado el discurso de las ciencias sociales y el arte en los recientes decenios y a los que medio mundo cita ritualmente, como si se tratara de oráculos (analicen las tesis de humanidades de los últimos 30 años y verán de qué hablo). Porque una biblioteca es, también, un modo de ver el mundo. Y prefiero verlo a través de otros ojos.