Apuntes sobre la segunda recaptura

1)Peña Nieto avisa por Twitter que el Chapo Guzmán ha sido recapturado y luego acude a Palacio Nacional para que lo vitoreé su gabinete, el mismo gabinete al que se le escapó el capo hace medio año. Los diplomáticos que acompañan a Peña cantan el Himno Nacional como si hubiéramos recuperado Texas y California. A este stand up comedy se le llama triunfalismo. En tiempo real, los aliados gubernamentales replican la zalamería en los medios: un acto de corrupción -la fuga- intenta ahora ser visto como si fuera una hazaña. Y que sea la procuradora, más tarde en el hangar de la PGR, la que lea la epopeya al estilo Eliot Ness, aunque este gobierno tenga más parecido con Al Capone. En la narrativa de triunfo, Peña no quiere ver que sólo ha resarcido el daño que él mismo se causó. Kant decía que una acción tiene verdadero valor moral en la medida en que es desinteresada.

2)En el país del sospechosismo, el detenido no es el Chapo, su entrega fue pactada, algún funcionario lo tenía escondido, todo es parte de una telenovela mal escrita por Los Pinos, o la recaptura es sólo una cortina de humo para no hablar de cosas tristes como el dólar. Nuestra incredulidad tiene un origen: el gobierno de Peña Nieto carece de integridad. La retorcida verdad histórica sobre la desaparición de los 43 normalistas, el conflicto de intereses que hay detrás de la Casa Blanca y la segunda fuga del Chapo, entre otras corruptelas e impunidades de los últimos tres años, nos ha orillado a no creerle a Peña ni el bendito. Que no se quejen sus merolicos. La desconfianza se la ganaron ellos. La recaptura del Chapo no le restituye al gobierno mexicano la moral perdida. Esa no la recupera ni con la bendición del papa Francisco.

3)El Chapo es un megalómano y narco que no sea que tire la primera bala. El problema del Chapo es que se ha creído el cuento de que es Robin Hood. Alguien debió haberle recordado que su negocio ha arruinado al país con miles de muertos y de desaparecidos. El Chapo nunca ha peleado contra el sistema. Es parte de él. Sus socios comerciales son las autoridades gringas y mexicanas.

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4) Sean Penn y Kate del Castillo se entrevistan con el Chapo cuando el gobierno mexicano, supuestamente, le sigue la pisada al capo. Rolling Stone publica el texto de Penn y los columnistas lo crucifican: lo tachan de apologista del crimen. De paso, le atizan a Del Castillo que se haya tomado en serio su papel de Teresa Mendoza. Muchos de esos columnistas tratan de darnos clases de periodismo cuando ellos son incapaces de ejercerlo con honestidad. Esos columnistas jamás se han preguntado qué le decomisaron al Chapo en el anterior arresto o por qué las autoridades no le han quitado un solo dólar al Cártel de Sinaloa. No escriben que, independientemente de que el texto de Penn sea bueno o malo, ese encuentro con el capo le estropea a Peña la fiestecita o el teatrito. Tampoco dicen que ellos, al igual que yo, al igual que el gobierno, al igual que la televisión, al igual que Penn o Del Castillo, al igual que la radio, al igual que el pueblo han contribuido a fortalecer el mito del Chapo. En un país donde los columnistas aplauden que Beltrones sea dirigente del PRI, la idolatría al Chapo parece un juego de niños.

5) Pareciera que los reporteros estamos obstinados por no quedarnos fuera de la noticia: uno —custodiado por federales y marinos — viaja a Los Mochis para, según él, reportear y termina por apuntalar, otra vez, la versión oficial; hay otros que se meten a la alcantarilla por la que supuestamente salió el Chapo y encuentran un rifle que bien podría matar a un elefante; unos se arriesgan y se trasladan a La Tuna con el plan de entrevistar a doña Consuelo, la madre del Chapo; otros van al motel Doux a tomarse la selfie; hay otros que arrancan sus textos con el clásico yo; y otros retuiteamos fotos y memes o salimos en Nat Geo diciendo cosas que no importan.