Divisando cerros

De mi ventana se ven los cerros y se ven muy altos. Siempre he pensado que debo de subirlos y confieso que no sé por dónde inicia la vereda, si allá por donde Don Federico, más lejos por los manantiales, o quizá por Tecate.

Las mañanas han estado frías, y  la noche de aquéllas ensaladas de Diego que me emocionan, me volvió a sorprender con la temperatura, y no llevaba ni un chal puesto. Los medios días y las tardes muy calientes, y con ellos mis ganas de comer ostiones y probar mucho vino.

Sigo describiendo los cerros. Son raros y me imagino que están conformados por miles y miles de piedras en su interior. Una mañana hace unos días pensé que quería aprender de Natalia y de su huerto porque no puedo más de amor con aquéllos jitomates que me dio Drew en tarde deliciosa llena de cariño y magia en los vegetales. ¿Será que sería yo buena agricultora?, ¿tengo cara de que tengo buena mano?. Al menos sí emoción.

Volvemos a los cerros empedrados y pienso si allá arriba puedo construir una guarida con aquélla troje michoacana que estaría dispuesta a remolcar hasta el Valle de Guadalupe. Quiero construir a partir de ella una mesa que siente hasta a veinte amigos y que parta de un horno de leña, una parrilla -robandóme las recetas locales de codornices-, y una estufa. Quizá le pediría a Rosca (hace mucho que no la veo), que me hiciera los platos de mi casa o si ando de suerte me regalan los kitsugi que aquélla vez me prometieron.

Estoy convencida de que no sólo voy a vinificar como los ángeles, sino voy a cuidar esas plantas para producir un blanco sin barrica bien fresquito. El otro día caminé proyectos de vida y sonreía viendo los olivos y las vides. Quiero hacerme una silla de observación muy en alto pensaba, con techito, y más que catalejos orientación hacia ese atardecer.

Con cerros abrí y con cerros termino. Los valles vitivinícolas de Baja California me hacen feliz y las historias de vida que imagino en ellos son de proyectos que mis hijas continuarían, quizá una de mis hijas perfeccionando las codornices asadas, quizá la otra diseñando etiquetas y probablemente la otra observando las estrellas. Hoy ya escogí nuevas piedras y con guarida, viñedo, cocina y silla de observación, la mesa de veinte siempre estará esperando a los amigos. No sé cuando, pero ahí nos vemos.

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