Alfredo Castillo en un hotel de paso

Ajada por los años, su voz es un susurro forzado, como si al aire de sus cuerdas vocales lo arrastrara con los pulmones pero también con el alma. No castiga con decibeles: ante el micrófono radial hila sus historias sobre corredores, boxeadores, ciclistas, gimnastas, con ritmo literario sinfónico, si suelta datos es porque connotan y no sólo informan, y a los lapsos emotivos los posa como el maestro de ajedrez que con delicadeza apoya la pieza: te doblega en el jaque mate con la clase de un conde.

A Arturo Xicoténcatl lo descubrí en 1990, cuando en mi departamento de San Pedro Mártir, a orillas del Viaducto Tlalpan, abrir la ventana era dejar que te aplastara un alud de ruidos motorizados, metano y otras desgracias urbanas. Mejor la cerraba, prendía la radio y oía a ese periodista deportivo despojado de la estridencia de la fama pero cuyas historias tenían el poder de una implacable novela corta: en el minuto uno me sujetaba, en el dos me hacía deambular en calma, en el tres me aceleraba el ritmo cardiaco hasta el estremecimiento. Fin de la historia escrita y narrada por Arturo Xicoténcatl, quien sobre deporte lo sabe todo, o casi. Por eso, el día del 2015 que ese erudito alzó la voz para lamentar, casi llorar, que un político lascivamente ajeno al deporte fuera alzado titular de la Comisión Nacional del Deporte, le creí como a un oráculo. En segundos explicó así su condena: que el presidente Peña nombrara a Alfredo Castillo como patrón del deporte nacional era a) Perpetuar el amiguismo de Estado. b) Burlarse de quienes sí entregan su vida al deporte y podían dirigirlo: gestores deportivos, egresados en Ciencias del Deporte, exdeportistas con estudios sobre política y promoción deportiva. c) Menospreciar al deporte, asumiéndolo como una actividad dirigible por cualquiera. d) Despertar la ira de atletas, entrenadores y demás universo deportivo, violados en un elemental derecho: que su jefe no fuera un ignorante en la materia y supiera más que ellos.

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Alfredo Castillo respondió así a la rabia que encendió su designación: he jugado pádel a muy buen nivel. Sí, no es un chistorete; lo dijo de ese modo (injusticias de la vida, en el futbol llanero yo era defensa derecho del Alpina de Tizapán y no dirijo la Federación Mexicana de Futbol).

Aquel día, Xicoténcatl cerró su reclamo en W Radio con una frase que iba más o menos así: no le puede ir bien a quien fue nombrado máximo dirigente deportivo de México con los nauseabundos hábitos del PRI.

“Xico” no se equivocó. A 16 meses de que Peña dijera: Castillo es la mejor opción, ¿a qué se dedica Castillo en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro? Besa a su novia, abraza a su novia, se saca selfies con su novia, dota de la indumentaria oficial a su novia (el domingo el boxeador Emigdio ganó con un uniforme parchado porque nadie le dio vestimenta) y, no hay que ser gitano para adivinar: Castillo ocupa un lujoso cuarto de hotel pagado con el erario para tener con su novia noches en que ambos practican un deporte no olímpico.

Castillo no sólo no hizo nada relevante por el deporte (hasta ayer México sólo tenía una medalla de bronce), sino fue incapaz de entender que esta vez Río de Janeiro no era un destino para prodigarse en placeres lúbricos. Río de Janeiro, durante 16 días, debía ser su oficina. Y la oficina no es un hotel de paso.