Las revolucionarias que no usan fusil

“No traigas cerveza, acá hay suficiente”, le juré, con la imprudencia de no revisar antes el refrigerador. Dos horas más tarde, cuando en la oscuridad Alfa Centauri y las demás estrellas decembrinas despedían resplandecientes al último día del año, mi hermano tocó la puerta y pasó a casa encabezando su ruidosa, elegante y festiva caravana familiar.

No se desperezó en el sillón de la sala ni observó los adelantos que en el comedor había dispuesto mi hija para celebrar la Noche Vieja. Como un soldado vestido, armado y mentalmente preparado para la guerra, avanzó directo a la cocina, natural campo de batalla de un hombre virtuoso en la coctelería y la gastronomía.

De inmediato padeció mi falta de previsión. En el refrigerador sólo había cinco latitas de cerveza: escuálidas, solitarias, inútiles para resistir los embates de la noche más larga del año. Cinco. Ni una más.

“¿Cinco?”, repitió, y sentí a la dicción de esa palabra como un discreto pero hondo lamento. La última sílaba de ese número, “co”, formó en su boca un hoyo negro, un abismo circular donde cinco era cero. Le propuse caminar juntos al Oxxo y cubrir mi falta con más litros.

Lo aceptó. Y entonces, lo inesperado: ahí, al fondo, frente a las heladeras translúcidas divisé sobre la etiqueta, en estilizados caracteres blancos sobre fondo azul, la palabra hechicera: Weizen.

Mi conocimiento del alemán es tan elevado como el del pilotaje de transbordadores espaciales de la NASA, pero la noche del sábado sabía el alemán que tenía que saber: Weizen = trigo. “¡Cerveza de trigo, Juan! –me emocioné-. Vamos a llevar, verás qué delicia”.

Dispuesto a pagar frente a las cajas las botellitas azules, palpando con cariño el vidrio liso y fresco, imaginé el contenido burbujeante, hipnótico, ligero, de livianas notas de malta y suave amargor cítrico de naranja, mientras mi hermano caminaba hacia la entrada. De pronto, bajó la vista hacia un aparador con ejemplares del diario Reforma del día 31, y leyó en voz alta la nota de ocho: “Cierran el año con otro bono”, exclamó, y siguió pronunciando las líneas de la noticia que iban más o menos así: Además de un aguinaldo de 140 mil pesos, su bono navideño de 150 mil y el apoyo para atención ciudadana de 141 mil, los diputados se asignaron de última hora otro bono de 109 mil 400 pesos.

La mirada irascible de mi hermano persistió al cruzar la calle. A nuestra inminente fiesta rebosante de cerveza, nuestra celebración a la vida, la estaba acuchillando en el estertor del 2016 la realidad mexicana, en la que 500 legisladores habían aprovechado unos últimos minutos de distracción social —justo ésos que dedicamos a agradecer lo que fue y lo que vendrá— para saquearnos de un manotazo final antes de que choquemos las copas.

En el camino de vuelta a casa, Juan dijo: “¿Cómo son capaces?” y yo pensé lo políticamente incorrecto: estos canallas se empeñan en exacerbar nuestro odio, en poner la semilla de una revolución.

En el absurdo, me imaginé con una canana cruzada al pecho y una carabina, y me fui preguntando cómo hacer en este país una revolución de verdad.

Y entonces surgió en mi mente un episodio épico donde no hubo necesidad de ráfagas de plomo, cadáveres, ni caballos galopando con sus crines al viento hacia la libertad.

LEE LA COLUMNA ANTERIOR DE ANÍBAL SANTIAGO: ¿CUÁL REZAMOS, SEÑOR GOBERNADOR?

En el año que se acaba de ir, las mujeres, las históricamente violadas, ofendidas, golpeadas, asesinadas, abusadas, crearon desde un simple hashtag, #MiPrimerAcoso, un colosal fenómeno nacional capaz de incluir lo mismo a una humilde indígena de Nayarit que a una chica de Interlomas. Con sus recuerdos, casi todos de infancia, le advirtieron a este país que no permitirán más que las suelas de algunos hombres y del sistema asuman como natural aplastarlas hasta desaparecerlas. La voz de la Movilización Nacional contra Violencias Machistas no se quedó confinada en las calles de 40 ciudades y las redes, las fronteras donde hoy se enciende pero también se extingue la furia social. Su lucha trajo algo más: México ya tipificó el feminicidio, fue aprobada la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y funcionan a nivel federal y estatal los institutos de la mujer.

-¿Se está institucionalizando la defensa de la mujer?, pregunté hace unos días a Lulú Barrera, una admirable feminista mexicana.

-Esos avances son producto exclusivo de la lucha de las mujeres–, aclaró, como para que entendiera que nada de eso fue generosidad del gobierno.

Ellas, las mujeres mexicanas, las siempre oprimidas, ignoradas, agredidas hasta la muerte, nos acaban de probar que en este país de injusticia aún es posible crear, sin cananas ni fusiles, una revolución.

Por ellas, por su revolución del 2016 que este año seguirá, con tarros rebosantes de cerveza de trigo sólo queda decir: ¡salud!

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En sus inicios fue reportero en "Reforma" y otros diarios, después escribió en revistas: "Chilango", "Esquire" y "Newsweek en español", donde hoy hace periodismo narrativo. Ha sido profesor universitario y conductor de televisión. Premio Nacional de Periodismo 2007.