‘Cartel Land’, por @alexxxalmazan

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Un encapuchado, a mitad del cerro y de la noche, cocina metanfetamina frente a la cámara y jura que el gobierno los protege. Una mujer ofrece detalles espeluznantes sobre cómo los Caballeros Templarios mataron a 13 de sus parientes, incluyendo a un niño de siete meses, y las autoridades no movieron un solo dedo. Otra señora cuenta que unos narquillos la violaron, que se la llevaron para que viera cómo descuartizaban a su marido y que la dejaron viva porque le dijeron que con lo que había visto se volvería loca. Una escena más adelante, esos narquillos que la violaron son arrestados por las autodefensas michoacanas y los hacen pagar, ojo por ojo, tanto abuso. Para entonces, las palomitas ya no se antojan y Cartel Land nos hace sentir a la deriva de nuestro asiento.

El documental Cartel Land, dirigido por el neoyorkino Matthew Heineman, se promociona como una mirada con un acceso sin precedentes hacia dos grupos de vigilantes: las autodefensas de Michoacán y una cuadrilla de exmilitares gringos que se mueve en Arizona Altar Valley —un estrecho corredor conocido como Cocaína Valley—. Pero Cartel Land, para quienes hemos ido a reportear a Michoacán, debería publicitarse como el mejor prólogo para conocer la descomposición del Estado de derecho en México: los narcos azotan los pueblos, los civiles se levantan en armas para defenderse, el gobierno y los cárteles rivales los proveen de mejor armamento, los narcos se incrustan en las autodefensas, el gobierno los protege, los civiles terminan muertos o en la cárcel. Cartel Land, en otras palabras, es la muestra de que en nuestro país las instituciones han fracasado. Es la muestra de la ruptura del orden.

En Michoacán, Heineman sigue al doctor José Mireles. Así vemos al Mireles que se arma porque está harto del salvajismo de los Templarios. Vemos al Mireles que se mete a los pueblos y recluta autodefensas, al Mireles que se escapa a un balneario y disfruta el rato con su familia, al Mireles al que no le perturba matar y enterrar a los narcos, al Mireles que se accidenta en una avioneta, al Mireles que abandona a su esposa por una jovencita, al Mireles que es perseguido por no aceptar las condiciones del gobierno. Es el Mireles de carne y hueso, el que vive en la línea borrosa entre el bien y el mal porque en México la esperanza y los héroes no son impolutos.

Si Cartel Land tuviera una secuela podría incluir la traición de Papá Pitufo, la persecución de Hipólito Mora, la relación entre algunos líderes de autodefensas con el Cártel Jalisco Nueva Generación, el enriquecimiento inexplicable del excomisionado Alfredo Castillo, las ejecuciones extrajudiciales en Apatzingán, Tanhuato y La Ruana, y quizá también la libertad de Mireles: la PGR se ha desistido de acusarlo por posesión de cocaína y de uso de armamento exclusivo del ejército. Actualmente, Mireles está recluido en una cárcel de alta seguridad en Hermosillo. Tiene diabetes, pasa los días tumbado en silla de ruedas y necesita una operación de columna. Ojalá Mireles pueda ver pronto Cartel Land. Ustedes pueden ir ya.

Posdata

Mientras miraba al encapuchado cocinando metanfetamina, me acordé que a finales de diciembre pasado conocí en Michoacán a un joven cocinero de cristal. Estaba “de incapacidad” por su adicción a todas las drogas que le ponen enfrente. Por un momento tuvimos una plática más o menos coherente hasta que me pidió ver al cielo y, en ese cielo michoacano donde se miran hasta las estrellas que aún no existen, me señaló dos luces que se movían a gran velocidad. Son drones del ejército, dijo y me contó historias llenas de paranoia. A esos zombies son a quienes el gobierno les dio credencial de Fuerza Rural. En esos zombies está la seguridad de Michoacán.

(ALEJANDRO ALMAZÁN)