Chambas dobles, masajes discretos

Seguido me encuentro taxistas que ofrecen servicios de plomería, carpintería o mecánica. O que tienen otra chamba y ruletean “en sus ratos libres”. Hasta ahora, no me había tocado alguno que ofreciera “masajes placenteros”, pero todo llega.

Resulta que un señor de lo más normal (lo que sea que eso signifique) ofreció “servicios regulares” como taxista a una colega mamá, quien también se transporta en taxi con chilpayates, mochilas, loncheras y sombrilla. Dado el clima chilango y las penurias maternas, le pareció buena idea probar, al menos durante algunos días.

Acordaron punto de encuentro y hora, y #taxista le dio su tarjeta “por cualquier cosa”. ¡Sorpresa! La tarjeta no era de “fulanitodetal, taxista”, sino “fulanitodetal, masajista profesional” que -junto a la silueta de una mujer- prometía “discreción”. Obviamente la tarjeta roló por los whats de mamás conocidas y desconocidas, pero hasta donde sé, nadie se atrevió a llamar (somos unas fresas), aunque corrían apuestas: ¿aparecería o no el chofer? Finalmente “nos quedó mal”, pero la anécdota sirve para la reflexión. Independientemente de si eran o no masajes felices, él puede dedicarse a un solo trabajo; de hecho, agenda masajes (de a 400 pesos) mientras maneja.

En la vida toca hacer de todo, con o sin placer, y seguramente una sola chamba “no le deja”, como nos sucede a muchos. ¿Cuántos trabajos tenemos en promedio los mexicanos? ¿O cuántas horas trabajamos entre la casa, el súper, los hijos, las talachas o las multichambas? Hace muchos años leí que en México el medio tiempo era de ocho horas y la jornada completa de 15, lo escribía un extranjero sorprendido con lo que para nosotros es “lo normal”.

En Dinamarca, según la OCDE, 67% del día de un empleado de tiempo completo se dedica al cuidado personal y al ocio, es decir: ¡a vivir! ¿Les parece normal? #yoconfieso que a mí no, y ÉSE es un grave problema.

Como tenemos un déficit de ocio y placer, un masaje antiestrés caería muy bien, pero ¡no tenemos tiempo!; según la misma OCDE, al día dedicamos al ocio (incluido el sueño, la alimentación y el lavado de dientes) 13.9 horas. En Dinamarca, 16.1, así que seguro pueden agendarse algún masajillo.

“Si me enseñas un estado de cuenta bancario, mañana mismo ingreso a Uber”. Así fue como un chofer se animó a dejar la vida oficinesca (godín, que le llaman) para conducir. Aunque estudió mercadotecnia y tenía un súperpuesto de gerente regional en conocido megacorporativo, ya no aguantaba estar tantas horas encerrado.

Aunque legalmente la jornada es de 40 horas a la semana, los empleados “de tiempo completo”, como él, trabajan mínimo 50 horas. Pero no crean que dejando la vida godina trabajó menos: para que le vaya “bien”, debe trabajar al día 12 horas.

En general, un freelance (el que “trabaja por su cuenta”) tiene jornadas de 10-12 horas. No es que quiera trabajar tanto, es que hay que tener dos o tres chambas para lograr una vida más o menos cómoda, sin prestaciones, pero al menos sintiéndose dueño de sí mismo. Trabajamos “todas” las horas, como dice un amigo que, por cierto, también prefirió dejar la vida godina “Al menos puedo estar en casa”. Pues sí, es la ventaja.

Compartir
Artículo anteriorRayden, el sonido de la calle
Artículo siguienteEl maíz en el centro
Periodista, trashumante y mamá. Viaja en #taxi y a veces se siente chofer de microbús.