Ciudad de necios| El presidente viajando

Necios que no entienden que ya no son los viejos tiempos. Necios que creen que son nuevos tiempos.

“Ya viene”, “ya entró”, “míralo, aquí está”, “vamos por la foto”. Ahí estaban decenas de personas de todas las edades haciendo fila con una sonrisa de oreja a oreja. Desde que entró y cruzó los pasillos, hasta el final de su recorrido, no hubo un segundo que lo abandonaran los espontáneos. La pena detiene a algunos, pero al final no se resisten a fotografiarse con el presidente que está por subirse al avión. “Córrele, sí lo alcanzas”, “ay, no, qué oso”, “qué tiene”, “bueno, va”. Flash, click, click. “Yo le hubiera dicho que es un tarado”, oigo decir a una señora rodeada de los que parecen sus hijos adolescentes y bien vestidos, pero nunca se acercó a decirle nada a Andrés Manuel López Obrador.

Uno de los estrategas de la campaña del candidato rival priista en la pasada elección se paró de su asiento en la sala de última espera para darle un abrazo. Luego lo aguardaría al final del pasillo del gusano que conecta al avión con la terminal chilanga una vez que aterrizamos. El mandatario lo saludó como a un fan más en medio de la turba que desde que tomamos el vuelo lo rodeó: personal de un local que se quedó sin vigilancia, de meseros que fueron por la selfie, sobrecargos y pilotos, policías federales, pasajeros, curiosos que hacían bola y bulla para filmarlo con el celular. Era el aeropuerto de San José del Cabo, el domingo pasado, cuando el presidente terminó su gira por ahí de las cinco de la tarde.

Aterrizar en la CDMX en las últimas horas del fin de semana, los que lo hacemos constantemente lo sabemos, es un martirio. Después de las seis de la tarde es raro despegar y aterrizar a tiempo. Los aviones se someten a patrones de espera que los llevan a dar vueltas sobre la ciudad, cuya torre de control reporta saturación de aterrizajes. Pero este avión comercial donde viajó AMLO parecía tener prioridad. Una vez que el piloto comenzó el descenso, no hizo ninguna maniobra por saturación, solo de aterrizaje. El avión despegó más o menos a tiempo y el retraso se debió, entre otras cosas, al nerviosismo del personal de Aeroméxico que actuaba errante y confuso desde la ciudad de origen. Parece que no sabían cómo hacerlo bien con el presidente en la fila a punto de abordar. Hubo revisiones aleatorias para hallar explosivos en el equipaje de mano. A mí me tocó una de esas.

La gira de Andrés Manuel López Obrador del pasado fin de semana pasó por Chihuahua, donde el gobernador panista, Javier Corral, no quiso participar para evitar ser abucheado por los asistentes al evento. El tabasqueño continúo por Sonora, con Claudia Pavlovich, la gobernadora priista que sí fue abucheada: “¡Corrupta!, ¡ratera!, ¡fuera!”, a pesar de que la mandataria tomó el micrófono y le echaba flores al presidente que luego salió en su auxilio a pedir respeto por ella. Lo mismo le pasó al gobernador de Baja California Sur, Carlos Mendoza, quien, abucheado y en medio de mentadas, rogó al público “lavar la ropa sucia en casa, pero no enfrenté del presidente”. Una escena lamentable y penosa.

AMLO, en cambio, es un imán. Sin aspavientos, el vuelo transcurrió en calma. Sentado junto a la puerta de emergencia, el presidente subió y bajó cuidado por dos señoritas. El marcaje personal del mandatario es coordinado por Daniel Asaf, quien lucía en todo momento tranquilo. El vuelo fue una maravilla: rápido, ágil y seguro. La aerolínea, acostumbrada a maltratar a los pasajeros, no quería fallar… y no lo hizo.

Pero el presidente viaja todas las mañanas sin salir de Palacio Nacional. Llega a donde quiere llegar sin necesidad de ningún medio de comunicación. Su poder aumenta sin que haya oposición que lo contenga o contrapeso que lo aterrice. Es el presidente más popular y querido que hemos tenido. Eso no lo hace el mejor y ahí está el viaje de esta columna: mientras por los aires el presidente vuela entre la confianza en bono y una expectativa no sé si fundamentada por los votantes, él pide al pueblo de México “fe en su gobierno”, y el pueblo se lo da. Economía y seguridad gozan de las mayores expectativas de mejoras. La percepción en estos rubros es que López Obrador está dando resultados. Insisto: es percepción. He ahí el éxito de sus conferencias mañaneras donde el mandatario dice cosas muy distintas a lo que señalan las cifras, los datos en las historias de violencia y las calificadoras internacionales. ¿Qué sucederá con este romance? Espero volver a viajar con el presidente en los últimos días de su gobierno. Espero que los resultados sean los mejores y este sea el mejor gobierno que hemos tenido. De lo contrario, será una pesadilla viajar con un gobernante con el que nadie quiera sentarse en un vuelo.