Ciudad de necios | Y luego desperté

Necios que sueñan. Necios que despiertan. Necios que no quieren despertar

Me acuerdo que era de día. Unos subían las escaleras a pie; otros lo hacían en las eléctricas, siempre pegados a su derecha como dictan las costumbres urbanas que respetan al que sube de prisa o de emergencia.

Había un hombre en silla de ruedas al pie de las escaleras. Diario utilizaba esa Línea del Metro para ir a quién sabe a dónde. Esa mañana se acercaron dos jóvenes, de no más de 15 años, y lo ayudaron a pedir la rampa eléctrica dispuesta en todas las estaciones para personas con discapacidad: se oprime el botón, un mecanismo hace que una plataforma llegue a la base de las escaleras y entonces los chavos ayudaron a subir al señor de unos 80 años, calvo, pálido del rostro y lleno de manchas por el tabaquismo de décadas que hoy lo tiene así. Cargaba junto a la silla de ruedas con un respirador artificial color verde. Lo recuerdo muy bien, clarito. Y ahí estaba la rampa y ahí estaba subiendo el señor en silla de ruedas para tomar el Metro.

A lo largo de su ruta diaria, de Iztapalapa a Polanco, las rampas en las banquetas estaban en perfecto estado. El señor está acostumbrado a subir y bajar de los dos colectivos adaptados para transportar oportunamente y sin retrasos a las personas con discapacidad.

Las calles no pueden estar mejor esa mañana. La CDMX se empeña en ser la mejor de todo el pinche planeta. Las infracciones por exceso de velocidad ya no representan un ingreso a las arcas públicas: la cultura vial ha sido la apuesta de las autoridades y sobre todo de los chilangos. Los semáforos son la institución de mayor respeto en el espacio público: no hay taxista que se los vuele, ciclista que no los respete o peatón que tema ser atropellado. Las reglas se respetan y eso permeó la vida pública de la CDMX más allá de la vial. La selva chilanga más bien parece playa caribeña por su quietud.

En las calles sin basura hay más árboles que espectaculares; hay más saludos que mentadas, más uso de direccionales que coches de aseguradoras en cada esquina arreglando el golpe. Las bicis utilizan en todas las avenidas un carril de los que apañaban durante años los autos. El transporte público en sus diversas modalidades ha demostrado ser un servicio transparente y que rinde cuentas: no se han registrado desvío de recursos, la inversión privada ve en esos viajes un negocio socialmente responsable e importa más un usuario satisfecho que un sindicato glotón. Importa más un servicio bien ofrecido con reinversión de recursos, que una caja chica electoral para algún grupo político. Es la primera vez en años que en la ciudad hay más transporte público que utiliza energías limpias, que humo en las colonias. Nunca antes la bici le había ganado al coche en ser transporte personal.

Las prioridades en gasto público fueron otras: se privilegió la prevención de delitos, se promovieron los espacios verdes, se aplaudió el respeto a la diversidad en el vecino y a otras especies… y luego me limpié las lagañas y desperté.