Ciudad de necios | Otro México

vida

Necios que no cejan hasta salvar este país y no se rinden hasta rescatar milagros.

Los terremotos transfiguran a México. Uno tras otro, nos convierten en algo que no éramos hasta antes de la sacudida. Tiembla. Polvo, gritos, alarmas que no sonaron, sirenas invaden a la CDMX, Morelos, Puebla, Oaxaca. Los rostros transitan del terror a los deseos de sobrevivir. La gente corre, saca su celular y graba cómo caen edificios. Si estás ileso, ayudas. Si estás herido, también. Es automático, es instintivo, es mexicano. Ahora, el rostro transformado suda. Nadie sabe qué hacer después de los derrumbes y las fugas de gas. Nadie sabe los protocolos de rescate. Nadie piensa en protocolos. De un segundo a otro, las ciudadanas toman el mando. De un segundo a otro, los ciudadanos gobiernan. Para las 13:18 del 19 de septiembre de 2017, cuatro minutos después de que todos brincaran sin quererlo, ya había filas de hombres y mujeres pasando piedras, techos, pisos y tanques de gas de una mano a otra. Alguien saca a un muerto de allá, alguien grita debajo de los escombros. Hay quienes mueven piedras de abajo hacia arriba. Nadie sabe cómo manipular escombros. Nadie sabe controlar su desesperación. No estamos obligados a saberlo. ¿O sí? Pasan los minutos y llegan los paramédicos, luego los de Protección Civil, luego los meseros, luego los soldados, luego los taxistas, luego los marinos, los vecinos, los federales, los que nadie conoce pero que ayudan. Es increíble. Se oyen órdenes para organizar mejor los rescates. Nadie les hace caso, nadie se repliega. Gritan aquí y allá. Gritan. Todos gritan. Nadie sabe, hasta horas después, que el silencio es la herramienta más importante en estos casos. La más útil. Sacan a cinco vivos. Sacan a diez muertos. Algo sucede que en estos minutos todos somos iguales. Las mujeres y los hombres. Los vulnerables y los privilegiados. Los que tienen una discapacidad y los que la van a tener. Los pobres alimentan a los ricos. Los desempleados encuentran un oficio: salvar vidas y remover escombros. Silencio. Las redes sociales se inundan de videos de rescates y de una calle hecha polvo. Polvo donde había condominios. Aún hay vida. Silencio. Aquí late un corazón. Anuncian la llegada de rescatistas desde Japón, Israel, Irán, Colombia, Panamá, Alemania, EUA. Silencio. El escáner ha detectado calor. Tal vez es una vida. No es un humano, es una tortuga. Es un perro, es un perico, es otro perro. Perros que salvan humanos. Humanos que salvan perros. Igualdad interespecie. El tráfico paraliza la ciudad, los servicios de emergencia llegan tarde porque las avenidas colapsaron. Mientras los ladrones de cuello blanco se lavan las manos por los socavones, por las estafas maestras, por el huachicoleo de sus familiares, hay mexicanos que se las ensucian de polvo y sangre. Dicen que hay partidos políticos que están escondiendo la ayuda. Morelos tiene 20 municipios en serios problemas. Cientos de casas se rompieron. Decenas de muertos allá, en Oaxaca, en Puebla. Miles se quedaron sin nada. Pero los eslabones de mujeres y hombres no desaparecen. Sigue temblando. Las réplicas sumarán miles. Silencio, debajo de mis pies se oye un país que va a cambiar. La gente llora por la muerte de otros que no conocía. Rescatas a quien nunca imaginaste tener entre tus manos. Nunca imaginaste ser rescatista. Te gradúas. Piensas: ya no mentaré madres en la calle. Tal vez al que no le di paso en la avenida me salvará la vida mañana. Nos cuidamos. Nos protegemos de los aprovechados. Vigilamos que la ayuda llegue, que nadie robe las casas hechas nada. Las autoridades quedaron a deber. Les quedamos a deber a los jóvenes que se apropiaron de la escena. La Marina inventaba la existencia de una niña. Pero había marinos que daban la vida por todos. Militares y federales también. Los jóvenes verificaban las noticias en redes sociales. Los de arriban no tenían idea del poder de los de abajo. Los de abajo ahora gobiernan, por minutos… ¿lo harán por los años por venir?. Dicen que la reconstrucción será difícil. ¿Reconstruiremos igual que después de 1985? ¿Cómo vamos a reconstruir? ¿Igual, para que esto se caiga o quede fracturado? ¿Quiénes construyeron estos edificios nuevos que se vinieron abajo? ¿Quiénes omitieron desalojar de los edificios endebles a las víctimas que quedaron atrapadas? Silencio. Hay quienes salvaron su vida a cambio de perder lo que construyeron durante décadas. No estamos preparados para actuar después de ver un edificio caído, repito. Silencio, un perro rescatista ubicó una vida. Nada, se equivocó. La gente camina entre cables de luz que parecen tejidos de arañas porque nadie detuvo a los diablitos. Los precios de las gasolinas varían, hay quienes especulan, quienes suben el precio. Las tiendas venden más caras el agua y las tortillas. Profeco los amenaza, pero siguen los abusadores. Puño cerrado es silencio, una palma abierta es para que nadie se mueva. El dedo índice significa que todos continúan su trabajo. Dos palmas arriba es para ayudar a los rescatistas. Ayuda va. Los vecinos se organizan para empaquetar víveres. Niños son rescatados. Hay asaltos. Hay saqueos en las casas que terminaron en el suelo en los estados. Hay esperanza de encontrarte vivo. Mientras unos desinforman, otros consultan las redes para saber dónde llegar en moto o en bici. Las redes sociales muestran su veracidad y sus fake news. Llueve. Las lonas faltan… Este país está cambiando, se está transformando.

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Con 15 años de kilometraje en medios, cree que el rigor de la ironía y la seriedad de la risa pueden hacer un periodismo original.