Cuento de Halloween: La hija pródiga

Hay que recordar que el Diablo tiene sus milagros, también.- Italo Calvino.

La oscuridad está en nuestras almas ¿No crees?.- James Joyce

Ave María purísima, sin pecado concebida, Señor, tú que lo sabes todo, sabes que te quiero, apiádate de mi. La iglesia ubicada en la colonia Roma es única, de estilo neorromántico y neogótico. Ella sale del confesionario y se persigna profusamente. Acostumbra ir al menos una vez a la semana, pues eso le mantiene el ánimo tranquilo y la conciencia a modo. Es soltera, de apariencia delicada y femenina. Tiene 37 años, aunque aparenta cinco menos. Su pelo es largo, abundante y rizado, de color castaño natural, se peina todos los días con esmero.

Por distraída, se pasa el rojo de un semáforo pero con absoluta practicidad, soborna al policía que estaba por infraccionarla. Mire, poli, así mejor no me hace ir a pagar la multa a Dios sabe dónde y yo le contribuyo al gasto porque les pagan una miseria, le dice con aires compasivos mezclados con un cierto desprecio. Tiene prisa por llegar a casa porque el dueño del edificio donde vive —de buen ver, no tan maduro y recién viudo— suele pasar a cobrar la renta antes del medio día. Pinches muertos de hambre, piensa cuando las autoridades le permiten continuar su marcha. Se identifica con la corriente política de derecha, aunque más bien participa muy poco en asuntos políticos porque le parece que todos los que ahí se desenvuelven, o son homosexuales o ladrones. O ambos.

En el retrovisor mira su pequeña y recta nariz, sus pecas. Cualquiera diría que es una mujer atractiva, jovial y energética. Su sonrisa es dulce. Se siente cómoda en su piel. Duerme al menos nueve horas por jornada y su salud es buena, o al menos no se queja nunca en voz alta. Es adicta al ejercicio y se le nota en el cuerpo; no bebe alcohol, no cae nunca en ningún tipo de excesos y no ha necesitado de anteojos. Eso sí, odia leer y no comprende por qué no tiene aún marido de buena familia, que la ame, la mime y de paso la mantenga.

Sube con muy buen paso, las escaleras que la llevan al departamento en el que vive con su madre. Hola, mami, grita con cariño desde la puerta. Te manda saludos el padre Mariano, espera que te mejores pronto. Sin esperar a escuchar ninguna respuesta, se dirige de inmediato a la cocina y se lava las manos con extrema prolijidad. A ella, la comida no le interesa demasiado pues alimentarse le parece un acción autómata y necesaria del cuerpo, como respirar o ir al baño. Aún así, y conociendo que no es para su disfrute, prepara con maestría y esmero una deliciosa sopa de hierbas frescas con cilantro, cebolla, ajo, algo de jugo de limón, consomé de pollo y un toquecito de crema ácida para darle consistencia y mejor sabor.

Dispone del humeante caldo en un plato hondo de porcelana, que coloca a su vez en una bandeja de argenta, con una servilleta de fina tela beige y una elegante cuchara de plata. Todo lo lleva con paso seguro y firme hasta la recámara de su madre, quien está recostada y tiene manos y piernas atadas a las patas de la cama. La mirada de la vieja está desorbitada, pero en sus ojos cristalinos hay un asomo de pánico. Te preparé esta sopita deliciosa, mami, le dice mientras de un gotero, le mezcla en el aguadillo un tanto de Brucina líquida. No te preocupes, expone cariñosamente, esta sustancia que aparece en el libro de El conde de Montecristo que tanto me obligaste a leer de chica, solamente hará parecer que te dio un derrame, pero nada más. Te necesito vivita y coleando para que sigas cobrando tu pensión, le dice mientras le acaricia con ternura la blanca cabellera.

(J. S. ZOLLIKER / @zolliker)