“De asentaderas grandes”, por @jorgepedro

Todo el mundo asustadísimo con las profecías mayas, Nostradamus y los cometas que pasan cerca de la Tierra, pero en Azcapotzalco existe una pista más alarmante sobre el fin del mundo. Se trata de la hormiga colorada que está pintada en la fachada de la Parroquia de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago y que según una creencia popular ha ido “subiendo” con el correr de los años. Una vez que la imagen alcance lo más alto de la torre, el mundo se acaba. Hoy fui a ver. La hormiga sigue en el mismo lugar: abajito del campanario. No se ha movido en años. Y mejor así. Pero hace tiempo vi una foto de principios del siglo XX en la que el bicho aparecía casi al nivel del piso. Así que quién sabe.

La hormiga es el emblema de esta delegación de numerosos barrios prehispánicos porque Azcapotzalco quiere decir “en el hormiguero” en náhuatl. Y la hormiga representa a Quetzalcóatl, quien tomó esa forma para robarle un grano de maíz a los dioses y obsequiárselo a los hombres. Pero a los de Azcapo no se les dice hormigas –sería bonito–, sino chintololos, o sea “de asentaderas grandes”, o sea nalgones, o sea qué onda. Los tenochcas les tenían tirria, de ahí el apodo y también de ahí la Triple Alianza, pero esa es harina de otra crónica.

Más que asentaderas tipo hormiga, lo que uno ve en el Centro de Azcapotzalco son viejitos arregladitos en la cafetería El Nevado, trabajadores de la delegación, señores y señoras en la cantina El Dux de Venecia, la cual pronto cumplirá un siglo, aseadores de calzado. Platico con uno que limpia los cercos de mis zapatos con un cepillo de dientes. ¿Usado? “Sí, claro, los traigo de mi casa cuando ya no sirven.”

También admiro los murales de O’Gorman en la biblioteca junto a la bella Casa de Cultura. Y recorro el atrio más grande de la ciudad, el de la parroquia mencionada, el de la última acción bélica de la guerra por la Independencia. Ahí sobreviven un claustro del ex convento dominico con un pedazo de techo artesonado de lo másinteresante y una Capilla del Rosario sólo comparable con la de Puebla. Sin exagerar.

Demasiadas glorias en esta parte de Azcapotzalco como para olvidarse de ellas. Hay que ir, husmear, colmar el Instagram y tomar un taxi para llegar al barrio de San Juan Tlilhuaca (“lugar de lo negro”), chintololo a morir, en donde hay un ahuehuete debajo del cual se cuenta que está escondido el tesoro de Moctezuma. Después se le pide al taxista que lo lleve a uno al cercano templo de San Juan Bautista (¿o a una ferretería por una pala?). “Como que no está muy bonita esta iglesia, ¿verdad?, yo siento que le falta garigoleo y renacentismos”, juzga el taxista chalchicomuleño. “Mejor dese una vuelta por el Centro de la ciudad para que vea los edificios de la Edad Media.” ¡Pero sí está bonita, oiga!

Existe un libro sobre este pueblo de brujos y nahuales y leyendas padrísimas que se llama Cementerio vecinal de San Juan Tlihuacan. Si alguien me lo pide yo le paso el contacto de la autora. Y también puedo contarle del Parque Tezozómoc y la Hacienda de Clavería y las mansiones afrancesadas en Avenida Azcapotzalco y otros sitios que vale la pena visitar en Azcapotzalco. Pero es mejor lanzarse personalmente, sirve que uno baja las asentaderas. Pero que sea pronto porque, ya sin garigoleos ni renacentismos, la verdad es que nadie sabe cuándo se acaba el mundo (de uno).

Fachada de la Parroquia de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago

Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

Placa en la barda atrial de la Parroquia

Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

Claustro del ex convento dominico a un lado de la Parroquia

Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

Capilla en el atrio de la Parroquia

Foto: Jorge Pedro Uribe Llamas

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