De espionaje a espiomaje

[email protected] tenemos secretos que guardar, pero a la vez [email protected] sabemos secretos de [email protected] demás que permiten mantener el frágil equilibrio de nuestra mentirosa realidad o, en todo caso, cobrar venganza si alguien revela los nuestros.

Probablemente nadie se escandalice si algún chismoso malintencionado revela nuestros secretos; pero como solemos asumir que quienes nos rodean son una parvada de idiotas que no se dan cuenta de nada, pocas cosas nos aterran tanto como el que alguien se entere de aquello que, de hecho, [email protected] intuyen.

Sorprende por ello el escándalo global que provoca la ratificación del espionaje que Estados Unidos (y en general todas las potencias mundiales) ha venido ejerciendo de manera nada discreta desde tiempos inmemoriales. Ahora resulta que nadie sabía que era observado por el ojito verde del Big Brother. !Háganme el fabrón cavor!

Quiero pensar que nuestro drama colectivo ha sido alentado en buena parte por los medios masivos de comunicación, a quienes no les ha quedado más remedio que “retuitear” los espionajes ajenos, quedando rebasados absolutamente en cuestiones de intromisión a la vida privada, más que por un exceso de ética, por una abrumadora falta de presupuesto para nuevas tecnologías.

Lo digo pensando en la respuesta mexicana al espionaje estadounidense que ha sido tan pero tan tibia, que parece que más que indignación, al gobierno de Pena Nieto le provoca orgullo saberse incluido en el espectro de intereses del Tío Sam. Lo verdaderamente trágico sería pertenecer a esos pobres países que ni siquiera aspiran a ser espiados.

No hay que ser un Snowden ni controlar Wikileaks para darse cuenta de que el espionaje está en nuestro ADN de una forma nada ultrasecreta. Nuestros padres nos espían desde antes de nacer mientras retozamos plácidamente en el limbo amniótico y escrutan entre nuestras piernitas fetales con sus aparatos de ultrasonido para saber si seremos espías o espiados.

Más tarde, ya fuera de vientre materno y acostumbrados al espionaje recurrente de nuestros padres que nos vigilan con cámaras instaladas en nuestras cunas comenzamos con la pedagogía de la intromisión.

De Sherlock Holmes a Dick Tracy hasta llegar a Spy vs. Spy y el senior James Bond, el espía se convierte ante nuestros ojos es un anti héroe maravilloso que trabaja en las sombras y en la ilegalidad. Por si esto fuera poco en cualquier juguetería encontramos lentes infrarrojos, binoculares de largo alcance, plumas de tinta invisible y demás artilugios con los que se va formando el temperamento de los Julian Assange del futuro.

Claro, no todos los espías son iguales. Estamos los espías domésticos –estilo Hitchcock—a quienes nos basta con tener una ventana indiscreta para mirar a la vecina desnuda y los espías que trabajan para servir a sus gobiernos o a las trasnacionales con fidelidad y secrecía militar a costa de sus propias vidas. Hasta en esto hay niveles: no es lo mismo la señora histérica que le revisa el celular a su marido y hackea su cuenta de Facebook a los espías de alcurnia: hay investigaciones que incluso delatan a algunos ex presidentes mexicanos como informantes de primer nivel de la siniestra CIA.

Quizás el escalafón más bajo y decadente del espía contemporáneo tenga que ver con un informe que he recibido de una de mis agentes más valiosas, quien desde las entrañas del universo Godínez ha descubierto a un nuevo ejemplar: el jefecillo mediocre pero ambicioso, ese que platica con sus superiores como si fuera su amigo, pero que jamás estará en sus fiestas ni en sus juegos de golf. Este wannabe profesional acostumbra dejar su celular en la oficina grabando el audio mientras se va a comer, para luego, en un acto grotesco y mezquino escuchar aquello que se dice sobre su persona que, por lo general, no son buenas impresiones.

La práctica se está volviendo común en diversas oficinas de nuestro gran molcajete cósmico y [email protected] han descubierto a estos espías de poca monta que más que espionaje practican el “espiomaje”. Estos individuos siniestros, en vez de descubrir información privilegiada, sólo ratifican lo patéticos que son en boca de los demás, porque ellos no se atreven a mirarlo por sí mismos. Y eso degrada al espía profesional en un vulgar chismoso de lavadero.

Que las potencias se espíen los unos a los otros, que las señoras histéricas sigan buscando en los celulares de sus maridos, pero por favor: déjenos hablar mal de nuestros jefes en paz, que por eso lo hacemos cuando salen a comer.

(FERNANDO RIVERA CALDERÓN / @monocordio)