“De estupores y temblores”, por Guadalupe Nettel

Se ha observado que las especies animales desarrollan hábitos y compulsiones según el entorno en que se encuentren. Su comportamiento no será nunca el mismo en un zoológico que en la soledad de la montaña o de la jungla. De un modo similar, los seres humanos que vivimos en edificios o en condominios horizontales, adoptamos costumbres levemente distintas a quienes residen en casas solas. Entre ellas la tendencia a vigilar, ya sea visual o auditivamente, a los demás y la habilidad para interpretar cada ruido o movimiento que estos hacen.

Así, después de estar acechando los sonidos que provienen del departamento de junto, uno puede anticipar la hora en que la vecina enciende el calentador para bañarse o pone en funcionamiento la cafetera eléctrica. Sabemos, por ejemplo, a qué hora llegan de la escuela los niños del penthouse y, si ha pasado mucho desde que los estudiantes del tercero hicieron el último reven, planificamos un fin de semana en el campo esperando que coincida con la fecha estimada del siguiente.

Esta tendencia puede ser más o menos aguda, según el grado de ocio o de neurosis que nos aqueje y también producir un abanico de reacciones en quienes padecen o disfrutan los ruidos ajenos. Un amigo mío, tiene la costumbre de subirse a la azotea de su edificio por la noche, vestido de negro y con binoculares para espiar a los del edificio contiguo. Nadie se ha dado cuenta hasta ahora y por eso, al cruzárselo en el parque o en el café de la esquina lo saludan como a un viejo e inofensivo conocido del barrio que, por alguna razón, les resulta extrañamente familiar. Su caso –espero- es más bien raro. Estoy convencida de que toda la gente practica algún tipo de voyerismo pero también considero que en la mayoría de los casos la patología es muy leve. Cuando escuchamos o vemos algo que en realidad no desearíamos saber, somos nosotros los que nos sentimos agredidos o por lo menos incómodos.

Por metiche que uno sea, pocas cosas se agradecen más que la posibilidad de aislarse cuando es necesario. Hay momentos sin embargo, sobre todo en la Ciudad de México, en que el contacto demasiado íntimo resulta inevitable, entre ellos los temblores, sobre todo si estos ocurren por las mañanas de un día feriado o por la noches. Quienes tienen la facilidad de salir de su casa a toda prisa porque no viven en un rascacielos o porque la puerta del edificio se abre con facilidad, se encuentran súbitamente en la calle en camisón, a veces envueltos en una toalla y con el pelo enjabonado, con vecinos que la mayoría de las veces tampoco han pensado en ponerse una bata. Son momentos de estupor en los que todo está permitido, gritar, llorar, pronunciar insultos, soltar los esfínteres si es necesario. Por fortuna, la mayoría de las veces se trata de una falsa alarma pero cuando lo entendemos es demasiado tarde: el espectáculo ya está en marcha. Aunque los muros del edificio sigan intactos, las paredes del pudor han caído al suelo como un telón averiado. Poco a poco recobramos la compostura, nos despedimos, lanzamos alguna broma y hacemos como si nada mientras volvemos a nuestros hogares.

Pero ya no somos los mismos: por un instante hemos vislumbrado, no sólo la posibilidad de morir, sino también la psique de nuestros vecinos y no hay parte más íntima, más perturbadora y descarnada que esa.

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(GUADALUPE NETTEL / g.nettel@yahoo.com.mx)

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".