Diciembre: en defensa de Scrooge

 

A quienes no les gusta leer al fantástico Charles Dickens no debe inquietarles esta columna, porque hay un puñado de películas y caricaturas producidas alrededor de una de las grandes historias de este autor: Un cuento de Navidad.

Seguramente recordarán que Scrooge es un viejo miserable (o, como diría la CONAPRED, un hombre de la tercera edad con discapacidad neurótica vinculada a una ambición insaciable) que pasa el tiempo sentado frente a su mesa revisando las cifras del negocio. No está interesado en la superficialidad de las fiestas, ni en aparentar la felicidad familiar que exige la mercadotecnia de la dupla cristiana-Nórdica del Salvador y Papá Noel. Ya dispuesto a dormir y rechazado por su familia y sus trabajadores, al sujeto se le aparecen tres espíritus. El Espíritu de las Navidades Pasadas lo lleva de paseo por su infancia pletórica de violencia intrafamiliar y abandono. Su madre fallece, su padre lo deja en un orfanatorio mientras su hermanita está muriendo. Luego el fantasma lo lleva al momento de joven adulto en que decide rechazar a su novia para dedicar la vida a acumular dinero.

El espíritu de la Navidad Presente lo lleva a mirar a una familia amorosa y dulce: los Cratchit cuyo pequeño hijo Tim está muriendo como consecuencia del salario miserable de Scrooge le paga a Bob, el padre del chico. Cuando por fin el Espíritu de las Navidades Futuras le enseña su tumba abandonada con el cenotafio despojado de presencia familiar, Scrooge reacciona, experimenta lo que parece ser el inicio de una transformación. Pero no cambia por miedo al abandono, sino porque por primera vez se atreve a desbloquear su miedo a reconocer una vida emocional destartalada.

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Scrooge es, igual que millones de hombres, un tipo que educado para negar su propio conocimiento sobre aquello que le atormenta que por “ser hombrecito” aprendió a negarse. Dickens no pretende hacer una fábula simplona sobre el castigo que implica refunfuñar frente a las fiestas decembrinas y aislarse de la familia, como han mostrado algunos cineastas maniqueos. Para el autor, lo que Scrooge no se atrevía a reconocer, era el profundo sufrimiento por la muerte de su madre, una orfandad inexplicable, la muerte de su hermana y la negativa de vivir el duelo y el abandono de su padre que lo trata como un estorbo: una infancia miserable. Cada noche, nos dice el autor, Scrooge cena solo y hace cuentas; le reconforta comprobar que es capaz de controlar que en su vida no haya pérdidas, sólo ganancias. Según el psicólogo Stephen Grosz, Scrooge cambia porque los tres espíritus desmontan su delirio de que puede vivir una vida sin pérdidas. No cambia por miedo, sino porque de pronto reconoce su angustia. La mayoría de veces el cambio personal no llega porque decidimos rectificar, sino cuando reparamos nuestra relación con lo perdido. Scrooge cambia a partir de admitir su dolor, y al vivir su duelo regresa a la vida.

En estas fechas me gusta regresar a Dickens porque me recuerda que mi propósito de este nuevo año será el mismo del anterior: hacer lo poco que esté en mis manos para que haya menos niñas y niños en el abandono, víctimas de malos tratos, menos jóvenes que “desaparecen”; explorar estrategias para detener la espiral de violencia que crece por la ceguera emocional de tantos que piensan, delirantes, que a ellos la violencia no les toca mientras su economía sea estable.