Exhibición olímpica

No es del todo claro cómo funciona ese mecanismo mediante el cual florece el hervor nacional cuando un o una atleta mexicano consigue algún logro importante. En un país como éste, cuya sociedad se encuentra pulverizada y desarticulada hasta la microscopía, existen pocas fuentes de identidad nacional más allá de los estereotipos más superfluos. No son la empatía ni la solidaridad dos elementos que caracterizan especialmente a nuestra suave patria (mucho menos en el presente). ¿En qué medida los triunfos deportivos nos hacen sentir orgullosos o mejor acerca de nosotros mismos? ¿A partir de qué podemos identificarnos con estos logros? Es un misterio.

Los triunfos de mexicanos en gestas de alto rendimiento son producto de accidentes afortunados más que consecuencia de procesos de trabajo. En el deporte mexicano, las escasas excepciones en las que el resultado último es satisfactorio, éste no tiene nada que ver con un proceso que tenga como consecuencia natural el éxito, sino con excepciones que confirman la regla que nos ubica como una nación incapaz de los procesos de largo aliento.

Un artículo publicado por el diario El País titulado “La factoría mundial de velocistas” da cuenta de cómo, un país como Jamaica, cuyos índices de pobreza y criminalidad se encuentran dentro de lo más alto en Latinoamérica, ha logrado formar escuelas de atletismo de alto rendimiento que hoy atiende a más de 300 mil atletas (en una población de tres millones de habitantes, esto es el 0.1%). Las tres escuelas principales de atletismo cuentan con medallistas olímpicos entre sus filas. El exvelocista Dennis Johnson, considerado el arquitecto de esta fábrica de atletas, lo sintetiza de manera inmejorable: “Mi legado es haber contribuido a unificar un sistema global que implica a los estamentos deportivos y educativos. Creo que tenemos garantizados sprinters durante al menos el próximo medio siglo”. Los muchos atletas que no alcanzan la gloria olímpica usan el deporte para obtener estudios superiores. La gran mayoría de ellos, a través de estos programas que tienen un importante apoyo gubernamental, se convierten en los primeros profesionistas de sus respectivas familias.

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El fiasco mexicano deja de ser chusco para convertirse en dramático cuando estudiamos las causas de la desastrosa actuación de la delegación. Corrupción, dirigentes ineptos, autoritarios y prepotentes, entregados a bochornosos cruces de acusaciones públicos como si los resultados en las olimpiadas pudieran darse a partir del azar o de la gracia del Espíritu Santo y no fueran el devenir lógico de un sistema de planeación y de trabajo. La indignación pública se justifica, no por los pobres resultados de los y las atletas, sino por la franca medida en la que el deporte nacional representa el presente de nuestro país.