Los días contados

Las olimpiadas tienen entre sus virtudes ubicarnos o, como dicen por ahí, ponernos en nuestro lugar. La distancia que hay entre uno de esos atletas y nosotros es la misma que separa a los dioses del Olimpo de los simples mortales. El otro día, mientras caminaba por los Viveros de Coyoacán, me encontré a un amigo que suele correr varios kilómetros al día. Al ver que llevaba un ritmo similar al mío, le pregunté intrigada por qué no estaba entrenando. “Las rodillas”, me contestó. “Me choca reconocerlo, pero me están fallando”. Entendí su precaución. Conozco a más de un maratonista aficionado, que, por negar hasta las últimas consecuencias sus molestias en las rodillas, tuvo que remplazarlas por un par de prótesis. Mi amigo lo resumió así: “A los 40 se acaba la garantía, a los 50 se empiezan a romper las piezas”. No sé si es generacional o si se trata de una moda, el caso es que a donde quiera que voy escucho aluviones de consejos para conservar la salud o para recuperarla. Es como si la gente empezara a tomar conciencia de aquello que Milarepa repitió hasta el hartazgo hace miles de años, que la existencia de cada ser humano es como una burbuja de agua. Todos tenemos los días contados. El asunto no es evitar la muerte —¿a quién se le ocurriría?—, sino conservar la calidad de vida lo mejor posible. El problema es que esta intención, a primera vista sana, puede transformarse en una idea enfermiza. El pánico a los pesticidas, a los alimentos procesados, a los conservativos, a las cremas con parabenos, por no hablar del tabaco, del café, del alcohol, puede acabar provocándonos un estrés tan intenso que lleve a la ruina nuestro sistema inmunológico. No hay que perderlo de vista. Yo, por ejemplo, me crispo cada vez que percibo el olor de uno de esos productos para la limpieza del hogar que tanto nos gusta usar en México, quizás más de lo que estos químicos me afectan. Es importante llevar una dieta sana y equilibrada, no cabe la menor duda, pero también es importante saberse dar un gustito de vez en cuando, hacer ejercicio por el placer de hacerlo y disfrutar el momento en vez de pensar en las calorías o en el oxígeno.

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Hace poco conocí a una señora de 80 que parecía de 20 años menor, se movía con agilidad y no tenía arrugas mas que en las manos. Le pregunté cuál era su secreto y respondió sin titubeos que eran sus dos horas de Chi Kung al día, no limitar el vinito, ni repudiar los Cheetos. Mi abuela de 104 años dice que el suyo consiste en comer cantidades muy pequeñas, sin preocuparse por la calidad de los alimentos. En realidad es imposible saber cuánto hay que limitarnos y cuántas licencias debemos permitirnos para no convertir nuestra vida en un infierno paranoico. Supongo que a cada quien le corresponde encontrar su propia dosis.