Monterrey, México

Durante su gestión, Barack Obama se presentó al menos en 12 ocasiones frente a la prensa para ofrecer un testimonio en las postrimerías de un asesinato masivo perpetrado por un “asesino solitario”. En cada una de ellas, Obama reiteró enfáticamente la necesidad de controlar el flujo de armas en su país (aunque tampoco hizo mucho para hacerlo) y habló de la no menos urgente necesidad de entender dicho fenómeno que, de acuerdo a datos del Gun Violence Archive, sucede en los Estados Unidos en promedio cada seis días.

¿Por qué precisamente en los Estados Unidos, un país consagrado a la enajenación, al consumo y la violencia, es que se presentan estos fenómenos de manera masiva? El propio presidente Obama, en sus discursos, admite que dicha respuesta no puede ser adscrita a psicopatías aisladas y que es precisamente el american way of life el que de alguna u otra manera los ocasiona.

Dicho ejercicio de autocrítica contrasta con las burdas y pedestres declaraciones del gobierno de Nuevo León a cuyas cabezas parlantes no se les ocurrió nada mejor que culpar “a las redes sociales” del trágico episodio ocurrido hace un par de días en una escuela en Monterrey. Poco importa que Nuevo León haya estado (y de acuerdo a diversos periodistas con los que he hablado, sigue estando) secuestrado por los Zetas durante más de una década, o que el gobernador anterior, actualmente en prístina libertad, haya desfalcado las arcas endeudando a los ciudadanos durante varias generaciones abonando a la rabia e indignación colectivas. Qué más da que la violencia sea ahora una atmósfera que atraviesa todo el país, que las clases políticas y empresariales sigan enclaustradas de espaldas a la cada vez más insufrible realidad de la inmensa mayoría de los habitantes de este país; ignoremos el tipo de contenidos televisivos que se consumen en un país con infames índices educativos; para qué pensar en las pocas posibilidades que un niño tiene de tener una vida digna en este país. El problema es que los niños vieron algo semejante en otras partes del mundo y, mediante el mecanismo llamado deseo mimético por el filósofo René Girard, no pudieron resistir el afán por imitarlos.

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Las espeluznantes escenas del tiroteo son un síntoma que refleja con precisión inmisericorde la realidad por la que atraviesa este país que por lo demás sigue deslizándose sobre la estela del estado fallido que lo “gobierna”. En sus primeras declaraciones Peña Nieto abogó por reforzar la seguridad de las escuelas, exhibiendo una vez más su incapacidad para siquiera entender el trasfondo o las verdaderas dimensiones del problema. Los testimonios del Presidente y del gobierno neolonés azuzan el desasosiego al pasar por alto la aduana necesaria para que cualquier conflicto de cualquier magnitud tenga posibilidades de ser resarcido: la verdadera comprensión del mismo.

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