La ciudad frente al espejo

En su breve ensayo Si el 1% sofoca el talento creativo de Nueva York, ¡me marcho de aquí! (Reporte SP, enero de 2016), el músico, artista y escritor David Byrne dice: “La ciudad es un cuerpo y una mente, una estructura física al igual que un depósito de ideas e información”. En su libro Diarios de bicicleta (Sexto Piso, 2011), Byrne esbozó un símil semejante al decir que las ciudades son una representación de la manera en la que sus habitantes se ven a sí mismos. Si miramos bajo esta doble perspectiva a la Ciudad de México, por un lado como un organismo vivo que tiene una dimensión sensorial, anatómica y consciente, como si fuera un ser humano, y por el otro como la figuración sintomática de sus habitantes, nos vemos forzados a realizar conclusiones desmoralizantes.

La ciudad atraviesa uno de sus peores momentos desde que “la izquierda” perredista asumiera su gobierno en 1998. El aire se ha vuelto nuevamente irrespirable. La tosudez, insensibilidad y cinismo con los que el gobierno sigue empeñado en negar la flagrante y creciente operación de cárteles -incluso en las zonas más ‘hip’ y acaudaladas de la ciudad- son alarmantes e indignantes. Las mafias inmobiliarias siguen devastando y gentrificando colonias emblemáticas de la ciudad. Los escándalos de corrupción en las delegaciones crecen de la mano de la impunidad con la que son atajados. En la calle la violencia impera; los repugnantes mirreyes, juniors y hamponcillos, y su séquito de guaruras, intimidan, golpean, atropellan, y la única defensa parece ser la exhibición pública a través de redes sociales como Twitter y Periscope, alternativas que de suyo no están exentas de hipocresía y polémica, como las que rodean el ejercicio del city manager (cuyo título nobiliario en inglés resulta un monumento a la frivolidad) de la Miguel Hidalgo.

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Si la ciudad fuera una persona, y si el aspecto de esa persona resultara un síntoma de cómo se ve esa persona a sí misma, como lo sugiere Byrne, el hipotético individuo en cuestión tendría enfermedades crónicas fatales, una depresión creciente, una actitud autodestructiva ejercida de forma compulsiva; sería un sociópata que ignora las necesidades de los que son diferentes a sí mismo, un déspota incapaz de escuchar incluso las críticas más flagrantes e insoslayables; sería una persona caótica y desestructurada con un fuerte problema de autoestima; sería injusto e insensible.

Hace poco el New York Times señaló que el destino turístico más atractivo en el mundo para el año en curso es la Ciudad de México. Su gran oferta cultural y su creciente hipsterización contribuyen a generar un escaparate deseable para los viajeros. Esta expectativa —que reduce su validez a zonas muy reducidas y espcíficas de la urbe— no es representativa de la vida que lleva la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad condenados a una cuesta cada vez más escarpada.

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