Belice olímpico

Las olimpiadas pueden ser estrategias de especulación inmobiliaria (Barcelona 92), pretextos para que el gobierno asesine a un sector de la población (México 68), campañas de promoción de regímenes totalitarios (Berlín 36, Beijing 2008) o, como en el atentado de Münich, la ocasión perfecta para pedir la liberación de gente como Baader y Meinhof (criminales de primer orden a quienes Joseph Beuys guió por la Documenta de Kassel). Semejante arma de control político está este año en manos del gobierno golpista de Temer (nombre es destino: temamos).

Por alguna razón, pese al flanco nefasto del asunto, no logro sustraerme al espectáculo de los juegos. Durante 20 días, cada cuatro años, permito que me importen deportes improbables como el ping-pong, o disciplinas con nombre de perversión como la halterofilia. No puedo decirme inmune al efecto hipnótico de las olimpiadas. Carajo: hasta he derramado alguna estoica lágrima viendo la subida al pódium de gente que se dedica profesionalmente al bádminton.

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Este año me he propuesto seguir la “cita olímpica” (amo esa fórmula) con la atención puesta sobre todo en Belice, uno de mis países favoritos en competencias deportivas internacionales (como recordarán los que hayan leído mi cobertura del pasado Mundial de futbol).

La delegación de Belice para Río 2016 está compuesta por tres atletas, quienes competirán en 100 metros con obstáculos (femenil), 200 metros planos (masculino) y judo en categoría de 90 kilogramos (masculino).

En cien metros con obstáculos, Belice será representada por Katy Louise Sealy, nacida en el pueblo de Bawdsey (población: 340 habitantes) en Suffolk, al este de Inglaterra. Sealy, que reside en el villorrio inglés, es una heptatleta que compitió en circuitos menores del Reino Unido hasta que su padre, nacido en Belice, le sugirió que buscara representar al país centroamericano. Con esa bandera ganó la plata en el Campeonato Centroamericano Mayor de 2011, en Costa Rica, y compitió en los Juegos de Centroamérica y el Caribe en Xalapa 2014, entre otras justas. Katy financia su carrera deportiva con crowdsourcing y con el dinero de su familia. En declaraciones al infame rotativo británico The Sun, afirmó que nunca había soñado siquiera con ir a las olimpiadas. Para ella, la delegación de Belice fue una posibilidad inédita e insospechada.

Su historia es una de las tantas que salpimientan la que se anuncia como una memorable participación de Belice en Río. Es una historia, además, que me llena de esperanza: si ese país aceptó a Sealy como atleta representante, podrá aceptarme a mí como su más ferviente hincha adoptivo.

¿Será éste el año de Belice en los Juegos Olímpicos? Es imposible saberlo. El maleficio de no haber ganado ninguna medalla suele pesar sobre los países de menor infraestructura. Pero tenerlo todo en contra también catapulta la épica de cualquier triunfo: quizás Katy Sealy, de la parroquia civil de Bawdsey, le ponga en Río punto final a la mala racha.