El Palacio de los palacios

La arquitectura define sociedades a partir de la religión, la política y el poderío económico. En la India, el emperador Shah jahan levantó el Taj Mahal como un símbolo de plenitud; en Washington DC, la Casa Blanca y el Capitolio se construyeron a semejanza de portentos del Imperio Romano.

En México, José López Portillo concibió el Palacio de San Lázaro como la culminación de un círculo de poder que partía del Zócalo, se extendía a Los Pinos y terminaba en la Cámara de Diputados.

Con el tiempo los edificios se modifican para representar una época. Si el Palacio de Chapultepec  fue referente de La Conquista y Bellas Artes producto de La Revolución y el Porfiriato, ¿qué obras simbolizan un país que emerge entre la guerra del narco y las reformas peñistas?

Una pila de arquitectos ha renovado el país; algunas de sus construcciones son emblemas, pero quizá ninguna representa con tal nitidez a la sociedad actual como la pirámide ocre de avenida Moliere: el nuevo almacén insignia de El Palacio de Hierro, paraíso de 60 mil metros cuadrados de las tiendas más exclusivas del orbe, que hace que Neiman Marcus y Bergdorf Goodman parezcan sencillas.

Alberto Bailleres, el segundo empresario más rico del país, destinó 300 millones de dólares a una obra diseñada por dos firmas de Nueva York y el arquitecto Javier Sordo Madaleno. La fastuosa renovación partió de la gentrificación que devora barrios del DF: desplazó a la tienda insignia de 20 de noviembre y pasó encima de espacios entrañables como la cafetería del Palacio de Hierro.

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¿Por qué dedicó Bailleres su mayor inversión a esta obra? El mercado suntuoso mexicano crece más que la economía: somos la economía 14 del mundo, pero el octavo país con mayor gastos de lujo, según The Wealth Report.

El Senado otorgó la medalla Belisario Domínguez a Bailleres, un empresario que en nada se parece al liberal comiteco y férreo vigilante de políticos y gobiernos. Nada tengo contra Bailleres, cuyo discurso no debe haber causado simpatía en el presidente Peña: “Si Belisario Domínguez viviera, recriminaría la pobreza, la corrupción, la violencia, la debilidad del Estado”.

Más que de Bailleres, esta medalla dice mucho del pensamiento y las aspiraciones de una clase política que suplanta sin pudor los principios de Domínguez, por los principios del poder del dinero.

“El Palacio de los palacios” proclama la campaña publicitaria de Bailleres, corazón de los deseos de una clase política y parte de una sociedad que prefiere mirar con ensoñación la pirámide donde conviven boutiques de Alexander McQueen, Jimmy Choo y Tiffanys  en islas marmoladas como si esto fuese Qatar, el territorio más rico del planeta, que la realidad de dos millones más de pobres. Un país urgido de hombres como Belisario Domínguez.

PD: Pregunta con fondo político: Si de premiar el poderío económico se trataba, ¿por qué el régimen priista decidió laurear a Bailleres y no a Slim, el mexicano más rico del mundo?