En el nombre del cielo, ¿les darías posada?

Hace unos días conversamos en la radio con el padre Alejandro Solalinde, defensor incansable de los derechos humanos de los migrantes. El sacerdote hizo un llamado a toda la sociedad a aprovechar el espíritu de esta temporada y realizar una buena acción que fuera un poco más allá del frío acto de poner dinero en la mano de los necesitados. Solalinde nos pidió adoptar a un migrante durante la Navidad e invitarlo a cenar y sentarlo a nuestra mesa, y escucharlo, y abrazarlo.

Su llamado de legítima compasión que nos dejó en silencio unos segundos. ¿Cuá[email protected] de [email protected] estaríamos [email protected] a abrir la puerta de nuestra casa a un migrante? ¿Cuántos de los que se dicen cristianos y ponen su nacimiento y van a la iglesia en Navidad serían capaces de hacerlo? ¿Cuántos de los ateos críticos de la inmoralidad del cristianismo compartirían la sidra y el pavo con alguno de los miles de josés y marías que escapan de su triste realidad y van pidiendo posada por todo nuestro territorio hasta llegar a su destino?

Parece fácil extorsionarlos, parece fácil secuestrarlos, parece fácil matarlos; lo que parece realmente muy difícil es llevar a cabo el llamado del padre Solalinde, ¿o no? ¡Nada me haría tan feliz como equivocarme! ¿Podemos todavía a estas alturas de la gran decepción universal mostrar un poco de empatía más allá de religiones e instituciones? ¿Podríamos superar el miedo latente y justificado a que nos roben, a que nos violen, a que nos maten? ¿Podríamos dejar atrás por una noche el pánico que sentimos los mexicanos de nosotros mismos?

Hace casi un año se registró una explosión en el edificio B2 de la torre de Petróleos Mexicanos. En medio de la tragedia apareció un personaje singular que fue captado por las cámaras ayudando a otros a salir de los escombros. Los medios lo bautizaron como el Wolverine de PEMEX. Su verdadero nombre es Ricardo Fuentes. Platicando con él hace unos meses me decía que sentía que su misión en este mundo era decirle a la gente que los héroes sí existen, que cualquiera en el momento menos pensado puede salvarte la vida o ser tú quién se la salve a alguien.

Nuestro Wolverine chilango me recordó una frase de Burke que le viene bien a este país en este preciso momento de su historia: “El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada”. Tampoco estoy muy convencido de que “hacer algo” sea organizar que la gente se salte los torniquetes del metro o repetir consignas hasta que el pavo real se aburra de luz en la tarde e instalar campamentos en conserva.

Se puede “hacer algo” o se puede hacer como que se hace algo. Y ya sabemos que “hacer como que se hace” es un deporte nacional. Lo difícil es involucrarse. Darle dinero a alguien en la calle, sea o no migrante (¿hay alguien que no lo sea?), es una de las muchas maneras de no involucrarnos de que disponemos. Al final no significa nada más que un breve onanismo de conciencia. Mejor invítalo a comer, al cine, a tomar una cerveza. Regálale un poquito de ese tiempo que el Candy Crush te obliga a tomar.

Ahora que están tan de moda los actos rebeldes, las protestas y los indignados he llegado a pensar que el único y verdadero acto rebelde posible hoy en día es respetar un pinche semáforo. El padre Solalinde como buen cristiano nos pide amar al prójimo y abrirle las puertas de nuestra casa; el Wolverine nos pide que volvamos a creer en el prójimo y a dejar de verlo como un enemigo natural. Yo, que la neta ya los conozco y ya sé cómo se ponen, no les pido milagros, sólo tratar de respetar al otro que, en México significa básicamente, no tratar de pasar por encima de él.

Que tengan una feliz Navidad.

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 (FERNANDO RIVERA CALDERÓN / @monocordio)