“Este país necesita ir a terapia”, por @alexxxalmazan

El lunes, en Guadalajara, un ciclista adolescente de la selección estatal cuenta a los medios que seis de sus compañeros, dos de ellos menores de edad, lo violaron con un objeto; ocurrió una semana atrás, en un albergue del Consejo Estatal para el Fomento Deportivo.

El martes, en Ciudad Victoria, un niño de doce años muere. Seis días antes, cuatro chicos del primer grado de secundaria —frente a la profesora— lo golpearon contra la pared. Le fue declarada muerte cerebral.

El jueves, en Amozoc, Puebla, una chica de secundaria es agredida por usar lentes. Y, en Tlalnepantla, un niño de cinco años es atendido en el hospital; trae golpes y quemaduras; su madre y el novio solían hacerle eso para distenderse.

El viernes, en Ciudad Juárez, una señora envenena a sus hijos y luego se suicida.

El sábado, en DF, una mujer sube a Facebook una fotografía donde muestra a su hijo castigado “por latoso”: amarrado de pies y manos con cinta canela.

Ayer…

Cuando leo noticias de bullying o maltrato infantil se me ocurre que este país necesita ir a terapia. Luego me pregunto cómo llegamos hasta aquí. Es cierto que esto ha sucedido siempre, pero ¿siempre fue así de infinita la violencia? ¿No será que la guerra inútil que desató Calderón algo tendrá qué ver? No soy sociólogo ni antropólogo ni mi carrera da para crear teorías o juzgar, pero de pronto cavilo que en todos estos años nos ha entrado tanta sangre por los ojos que, quizá, haya quien crea que la vida es así de jodida. Chingar o ser chingado, esa es la cuestión.

No descarto, por supuesto, que en el bullying o en el abuso infantil haya una violencia previa (yo fui buleado, y luego buleé hasta el hartazgo), o que haya una patología, o un pasado no superado o algo que mi terapeuta sabría explicar mejor, pero supongo que algo quebró en nuestras vidas (y a nuestro concepto de violencia) el ver cadáveres decapitados en las calles, el encontrarnos en medio de una balacera, el resignarnos a que las personas desaparecen a plena luz del día, el pagarle al crimen una cuota para no ser el muerto ciento veinte mil y tantos, el desconfiar de la policía y los militares, el saber que en México se puede matar a cualquiera y no pasa nada, el escuchar historias de secuestros, el dar por entendido que el Estado se corrompe y todas esas monerías del crimen que pensamos son normales.

Hace años, un niño me dijo que él de grande quería ser como el Chapo Guzmán. A unas jovencitas las vi cantar con fascinación uno de esos corridos del movimiento alterado, de esos con sujetos muertos, verbos sangrientos y predicados sanguinolentos. Un señor, frente a su hijo, no mayor de diez años, una vez me contó con lujo de detalle el asesinato de un vecino. Y tengo una amiga que habla de las balaceras y las ejecuciones con la misma energía con la que tocaría un baterista de heavy metal.

Entonces pienso que el verdadero problema está en lo arruinado que anda el tejido social. Pero todo, claro, es sólo una ocurrencia cuando me digo que este país necesita ir al terapeuta.

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(ALEJANDRO ALMAZÁN / @alexxxalmazan)

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Ganó el Premio Gabriel García Márquez en 2013. Es tres veces Premio Nacional de Periodismo en Crónica. Autor de "Gumaro de Dios, el caníbal"; "Placa 36", "Entre perros", "El más buscado" y "Chicas Kaláshnikov y otras crónicas".