Statu quo

Durante toda mi infancia me acompañó un árbol. Estaba situado frente a la casa en nuestro pequeño jardín. Su tamaño, descomunal para ese terreno, le daba un aspecto ligeramente monstruoso, sobrenatural. Sus hojas eran parte importante del paisaje de la sala, pero también de mi vida. Desde los cinco años, aprendí a trepar tan alto que nadie podía alcanzarme. Cada vez que me sentía infeliz, me refugiaba en su sombra o en sus ramas. No era la única. Muchas especies con sus propias costumbres, lenguaje y necesidades coincidíamos allí. Pájaros, sobre todo, pero también ardillas, arañas, hormigas y gusanos azotadores.

Conforme fui creciendo dejé de explorar las ramas. Sentada en el sofá de la sala o acostada en mi habitación, veía al árbol sin verlo. Pensaba en él tan poco como suelo pensar en las nubes o en el color del cielo; hasta que un buen día enfermó gravemente. En menos de una semana, sus hojas se tornaron de un color naranja opaco, estropajoso y más tarde cayeron al suelo. Su tronco estaba totalmente seco. Hicimos lo posible por salvarlo. Durante un tiempo desfilaron por la puerta de la casa todo tipo de charlatanes: jardineros, biólogos, curanderos onerosos, quienes no sólo fallaban en curarlo, sino que ni siquiera formulaban una buena explicación.

El sauce se volvió tan lúgubre como los que aparecen en los libros para niños, con dibujos de cementerios. La gente tocaba a la puerta pidiendo que lo derribáramos. Por si fuera poco, estaba situado frente a un poste de luz. Si algún día se venía al suelo, toda esa madera seca iba a desatar un incendio. Los vecinos hablaban de lo peligroso que era mantenerlo ahí, y enumeraban los posibles escenarios. Decían que, aun si por fuera estaba muerto, una plaga terrible acechaba en su interior y que podía extenderse a todos los árboles de la colonia, provocando su muerte.

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Mis padres no querían ni oír hablar de talarlo. Cuando alguien tocaba el tema, le cerraban la puerta en las narices o lo maldecían con la mirada. Su estrategia fue fingir que no pasaba nada. Seguían saliendo al jardín a leer en sus chaises longues y comían al aire libre, haciendo caso omiso del peligro. Yo misma he dormido con mis hijos allí, sabiendo que en cualquier momento el sauce podía venírsenos abajo y derribar, si bien nos iba, una parte de la casa.

En esta ciudad tiembla con muchísima frecuencia. Siempre que eso sucede, caen árboles en medio de las avenidas, a veces sobre los coches que circulan por debajo de ellos. Para no ir tan lejos, hace un mes hubo una tormenta de viento. Entre los estragos que ocasionó se contaban más de treinta árboles derribados. Nuestro sauce, en cambio, se mantuvo inamovible. En esos días descubrí en su postura una dignidad que nunca antes le había visto.

He investigado un poco desde entonces. Al parecer, los sauces tan altos, como el nuestro, tardan años en echar los primeros brotes sobre la tierra. Antes de hacerlo, se aseguran de que sus raíces sean profundas y lo suficientemente fuertes como para sostenerlos. Las raíces, qué ironía, esa parte oculta bajo la tierra en la que nadie piensa y que nadie quiere ver. “La madera prescindible”, como la llaman los carpinteros.

Mi actitud respecto al sauce de mi infancia cambia en función de mis estados de ánimo. Hay días en que pienso que su fuerza vital acabará liberándolo de su enfermedad, pero también hay momentos en que me invade una tristeza infinita. Sentada sobre los escalones de la puerta me pongo a llorar por él, como se llora a un enfermo terminal que tarda años en morir, con rabia, con impotencia. En esos momentos me digo que la culpa es nuestra, mía, de mis hermanos, de mis padres, incluso de los vecinos, por no haber entendido nunca cómo había que protegerlo.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".