Agua potable, tuberías envenenadas

Elegir el agua que uno bebe en la Ciudad de México se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. Hace un par de semanas decidí dejar de comprar agua embotellada, supuestamente extraída de un manantial pero expuesta a las toxinas que desprende el plástico, y hacerme de un buen filtro para purificar el agua de la llave. Cuando ya lo tenía instalado en mi cocina, cayó en mis manos una investigación reciente, publicada en el diario El País, y me enteré de que el agua del DF no sólo está contaminada sino envenenada. Es así: la red de agua potable en la ciudad está constituida de asbesto o amianto, un material sumamente peligroso, prohibido en más de 50 países (entre ellos toda la Unión Europea, Honduras y Argentina) por su comprobada relación con diversos tipos de cáncer y otras enfermedades mortales. Éstas se declaran 30 ó incluso 40 años después de la primera exposición a la sustancia. Hace 60 años que el agua potable de la ciudad viaja por esas tuberías insalubres. Mi padre murió hace un año y medio de un cáncer en la vejiga. Me pregunto si el agua que tomó durante toda su vida tuvo que ver con su enfermedad.

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En 1997, estalló en el mundo el “escándalo del amianto”. Yo vivía en París en aquella década y recuerdo perfectamente que una parte importante de la Sorbona quedó inhabilitada, ya que el techo de muchos de los planteles estaba constituido de este material peligrosísimo. Aún hoy, profesores y exalumnos siguen poniendo demandas a la universidad por enfermedades vinculadas al hecho de respirar y trabajar en un entorno de amianto. Pues bien, el agua potable del DF, el agua en la que nos bañamos y bañamos a nuestros recién nacidos, el agua que bebemos y usamos para cocinar, corre por tubos de asbesto y nosotros como si nada.

En 2014 la OMS volvió a enviar un comunicado a los países que aún utilizan el material según la cual 107 mil muertes anuales son atribuibles a la exposición al asbesto. La nota asegura que “todas las formas de este material son cancerígenas para el ser humano”. Perfectamente enterados de la gravedad del asunto, nuestros gobernantes no han hecho nada para remediarlo. México sigue siendo uno de los principales importadores de amianto en el mundo. Ramón Aguirre, el director del Sistema de aguas de la Ciudad de México (Sacmex), reconoce que se han ido remplazando los tubos por otros de polietileno pero muy paulatinamente, y sólo cuando se rompen las tuberías. Al parecer ¡en veinte años no hemos tenido el presupuesto necesario para hacerlo! Yo me pregunto para qué sirve el dinero de nuestros impuestos, y si es más prioritaria una nueva línea del metro, restaurar el centro histórico, o el pavimento en el zócalo de Coyoacán, que asegurar el agua potable. Yo no sé a ustedes, pero a mi me dan ganas de ponerme a romper todas las tuberías hasta que sean remplazadas por otras menos nocivas. En vez de preguntarnos si purificar el agua o comprarla en el supermercado, deberíamos de exigir que todos los habitantes de la ciudad tengan un agua no digamos más limpia, sino menos envenenada. Si no somos capaces de organizarnos para obtener este derecho tan elemental, entonces como sociedad no valemos absolutamente nada.

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".