Ay, mi hijo es bien inteligente

Stranger Things no sólo está, irónicamente, bastante equis. Es aburrida, bobalicona, poco intrigante, lenta, exageradamente predecible, cursi, sobrevalorada, superficial, sin personajes entrañables, medio insoportable y gringoide. No es atemorizante ni interesante. La música no la salva. Tampoco el niño sin dientes ni la escena de los foquitos navideños. Y lo peor de todo: no es melancólica. Nada melancólica. Cero melancólica. De hecho, es lo contrario a la melancolía. A menos, claro, que sientan nostalgia por perder ocho horas de su vida enfrente de la pantalla de la computadora.

¿O es melancólica porque todos en internet dicen que es melancólica?

Entiendo que está repleta de referencias a películas ochenteras. Aquí es importante poner un freno. Está basada en películas ochenteras de dudoso valor y que veíamos porque, bueno, era lo que había. Ese género llamado “las que pasaban en Canal 5”. Venimos de un pasado con menos opciones. Eso no está precisamente mal. Pero, ¿de verdad hay quien evoca con cariño a E. T., el extraterrestre? Quiero creer que desde entonces hemos desarrollado gustos propios e individuales a los que atesoramos y de hecho hemos superado. Caramba, ¿hace cuánto que no vemos las películas a las que hace homenaje esta serie? ¿Sobreviven a una mirada adulta?

En esto no quiero parecer fatuo, sería yo un malagradecido si no incluyera la escena de los brontosaurios en Parque Jurásico en el listado de las 47 películas que modificaron mi comprensión de la belleza. Corrijo: de las 46 películas que modificaron mi comprensión de la belleza.

La cosa es que ya no tenemos 10 años y si algo nos sobra son opciones.

Yo no consumo series. No me gusta el formato en que están planteadas. Presuponen que a un espectador le seguirá interesando un contenido durante una cantidad inimaginable de años. Confían demasiado en la perpetua falta de madurez del espectador. Verlas exige demasiado tiempo, mismo que ciertamente prefiero emplear en hacer otra cosa. Son productos cínicos proyectados y alargados hasta el hartazgo. Tampoco veo series básicamente porque en mi casa no tengo internet. Me distrae demasiado. Y es caro. Y soy un cascarrabias.

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El destino final de cualquier creación humana es el olvido. Las series, antes de eso, pasan por esa antesala espantosa que es ser transmitidas en canal Fox, traducidas al español y a las nueve de la mañana. Cof cof, Lost. Pago por ver cómo será el despeñadero de Netflix y su falsa promesa de contenidos. Pocas cosas tan depresivas como el buscador de esa madre. Sus clasificaciones no se quedan atrás.

De verdad me pregunto qué les gustó a tantos de Stranger Things. Nada más con los títulos de cada capítulo y un par de memes a su respecto, uno podría verla sin verla. A menos que te paguen por decir lo contrario, esa trama es indefendible.

Tampoco digo que todas las series sean malas. La última que me emocionó fue True Detective. Naturalmente, en su primera temporada. Los Soprano me latió tanto que preferí no ver mucho. The Office es una obra maestra insuperable. Rick and Morty me parece el futuro de las series animadas para adultos. Cuando quiero anestesiar mi inteligencia veo Friends. Hace algunos años pasaban de madrugada en el Once una serie fascinante de título Unscripted.

Vi Stranger Things prácticamente en una noche de jet lag y una mañana de sábado en la que esperaba a que mi chica regresara del gimnasio. La vi con el anhelo honesto de encontrarme con algo chido. Basura y más basura. Me quedé corto con los adjetivos empleados en el primer párrafo de este balbuceo. Es muy mala.

Cuando alguien me recomienda tal o cual serie porque está buenísima, no puedo dejar de pensar en las mamás orgullosas y mensas que dicen que sus hijos son bien inteligentes porque saben convivir e interactuar con un teléfono o una tablet. No, señoras; los inteligentes no son sus críos. Los geniales son los programadores, diseñadores e ingenieros que crean aparatos intuitivos y casi tan perfectos como el estornudo o el hipo.

En el caso que ocupa a esta columna: guionistas, mercadólogos, productores y traductores del secreto y oculto idioma del algoritmo.

Eso sí: defendería hasta la muerte el derecho a que les guste Stranger Things. Simplemente a mí no me latió nada y a lo que sigue.

Concluyo con algo que realmente poco tiene que ver. A quien se haya sentido tonto al menos un par de segundos viendo Game of Thrones le suplico que lea cuanto antes cualquier libro del Premio Nobel de Literatura, Pär Lagerkvist. Sólo se consiguen usados.