Llorando la hermosa vida

Debido a una desquiciante maldición, la bestia humana del siglo que corre tiene una obsesión enfermiza por encontrar el amor. Esperamos que se abra el elevador y ahí, mágicamente, esté la persona que nos llenará el alma. Y la buscamos y la buscamos, mal influenciados por seriales gringoides, comerciales de yogurt y películas basadas en la Ilíada que estúpidamente terminan con un beso que involucra a Brad Pitt. ¡Caramba!, habiendo tantos componentes humanos atontados adentro de uno. El honor, la claridad, el coraje, etcétera.

En este entorno y por culpa del recreo perpetuo en el que se estaciona mi cerebro cada que empieza un año, me he vuelto aficionado a un show de citas a ciegas de TvAzteca. Todo el catálogo de nacadas emocionales que uno pueda imaginarse desfilan en tal show. A grandes rasgos hay un panel de hombres y mujeres de diferentes edades a los que se les da el gratuito nombre de “Amorosos”. Gente interesada en alguno de ellos asiste al foro para charlar shakesperianamente a través de un muro que, una vez levantado, descubre a la posible pareja. Si acceden ambas partes van a una cita romántica en la que se recaudan testimonios audiovisuales. Si la cita es exitosa los amarran del brazo durante hipotéticas 12 horas en un cuarto de hotel con sushi del Superama y una coca de litro y medio. Si después de estar “encadenados” todo es miel sobre hojuelas: hay noviazgo. En lo que llevo viendo el programa van tres bodas. Hay una sección en la que visten como quinceañera a una de las Amorosas y una trinca de sujetos disfrazados de monstruos responde a sus dudas con el muro de por medio. Huelga decir que el nivel de conversación es nulo. Rara vez responden a lo que se les pregunta. Todos se dan el avión, como una metáfora perfecta del mundo real. Vaya, es tan improbable el diálogo entre los dos desconocidos que a veces las pláticas se llevan a cabo con bombones en la boca o después de comer chiles picosos o rapeando o mientras te están provocando crispaciones con una máquina de toques de cantina. Los conceptos afectivos y la oferta emocional de cada uno de los participantes son paupérrimos. Impera la desconfianza en que tu pareja te revise el whats, los celos por cuestiones en redes sociales y la incomprensión, el odio a las parejas del pasado, el “no sé qué quiero”, el “no eres mi tipo”. A la gente que es desechada se les llama “Bateados” y son obligados a bailar sensualmente en un tubo para asegurar permanencia en el programa. A veces también tienen que comer gelatinas dispuestas en el musculoso cuerpo de un argentino semidesnudo.

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“No hicimos clic”, “no hay magia”; son las razones por las que el catálogo de posibles amores es eliminado por docenas, ¡por ramilletes! El programa me recuerda a aquella vez en que, previo a una misa, el cura nos convenció a todos de la inexistencia de dios pero aun así ofició el servicio. Yo estaba chavito y con peinado a la brush.

Entre los amorosos más jóvenes ya existe toda una comedia de situaciones que deviene en pleitos de comadres y arguendes que observo con una sonrisa de fascinación y morbo. Ya varios tuvieron que ver entre sí (qué horrenda expresión, aunque es clara). Los enredos alimentan al programa. Ah, no hay participantes homosexuales. En cambio sí hay participantes caninos en la sección Amores Perros. Ojalá Iñárritu demandara. Los paseos, olfateos y juegos de las carismáticas mascotas también son videograbados y transmitidos con la misma seriedad con que las citas de los seres humanos. A una de las amorosas le cayó un enamorado que, ya sin muro, rebeló sus verdaderas intenciones: operarle la cara para que parezca una Kardashian. Así que hinchada y con vendas y calentura, ahí anda rechazando galanes y tapándole las posibilidades a un chavo con el que inicialmente salió. Hay luchadores cuyo rostro jamás hemos visto. Hay un viejito rabo verde que no oye lo que le dicen, un chambelán de los 15 años de Rubí, chavos con peinados de futbolista europeo, chavitas con frenos dentales estrenando su INE, hay divorciadas que sí están buscando un corazón que acariciar por las noches.

Creo que mi afición por tal programa responde a dos hechos. Uno. Estoy esperando que al final de temporada hagan una mega orgía y que TvAzteca no pueda sino transmitirla, el muégano incluirá a gente de la producción y toda la cosa. Dos. Todos los anhelos humanos, sin barnices, están presentes en la dinámica chicharronera del show. Los Amorosos son el ser humano en su rincón, desnudo, solo, vulnerable y con miedo. Es terrible buscar el amor. A las Amorosas las molestan muy feo en las redes sociales del programa. Ya se imaginará uno la bola de mensajes bestiales, machistas y violentos que reciben. La televisora no hace mucho por resolver esto. Mientras redacto estas líneas, todas, de pie, están reclamándole al auditorio por los mensajes machistas, algunas lucen realmente impotentes. Sólo que son incapaces de darse a entender y los varones, cavernícolas, se defienden antes de intentar comprender el lío. La conductora carece de la capacidad moral para controlar la queja, pretende solucionar un complejo problema de género con una trivia electrónica. Las Amorosas y los Amorosos hablan al mismo tiempo, gritan, se interrumpen. Los amorosos andan como locos / porque están solos, solos, solos…

            Juegan el largo, el triste juego del amor.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".