Rodear al país con púas

En donde la calle de Filomeno Mata va a morir con dirección al Munal están, amenamente congelados en carbonita, Nezahualcóyotl, Itzcóatl y Totoquihuatzin. Podría decirse que es un monumento incompleto ya que hay un cuarto relieve de Cuauhtémoc, pero este está adentro del Museo del Ejército. Ahí al ladito, vaya. Gracias al milagro del internet (donde, ojo, se encuentra la información pero no el conocimiento), me entero de que ese tramo de Ciudad de México se llama el Jardín de la Triple Alianza. De jardín tiene poco, apenas si un par de arbustos chaparros que rodean a cada una de las efigies. El monumento conmemora la Triple Alianza de 1430 entre los pueblos prehispánicos de Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan. Fue la última confederación de estados indígenas ubicados en el Valle de México y, a decir de la placa conmemorativa: les permitió alcanzar un notable desarrollo basado en sus vínculos militares, políticos y económicos. Para mayor referencia: réplicas de estas esculturas están ubicadas a lo alto del Monumento a La Raza en Insurgentes. Son obra del escultor hidrocálido Jesús F. Contreras y representaron a México en la Exposición de París de 1889, en pleno centenario de la Revolución Francesa y donde, a grandes rasgos, se presentó al mundo la Torre Eiffel ya completa. Jesús F. Contreras es un tema aparte. ¿Recuerdan una escultura que estaba en La Alameda —enfrente del difunto Bámer— de una mujer encadenada y boca abajo encima de una inscripción en francés? Es la A pesar de todo (Malgré Tout) y gracias a Amado Nervo se propagó la leyenda de que el escultor la realizó sin el brazo derecho que le fue amputado a causa de un cáncer mal atendido. Ese tipo de historias que le fascinan a la Historia. Malgré Tout ya no está en La Alameda por culpa del vandalismo. En cambio, en su sitio, pusieron a un clan de granaderos de pie y comiendo torta.

Exaltado, salgo del Bar Ópera con sendos tequilas encima. También mi novia se zampó su buena ración. Estamos alegres y ceremoniosos. Escuchamos retumbando en los muros de la calle el sonido proveniente de las danzas en la plaza del Munal. Huele a incienso. Vamos a Donceles, a seguirla por ahí. Le cuento, resumida y arrastrando la lengua, la historia aludida en el párrafo de acá arriba. Algo llama mi atención. Rodeando a las esculturas de los tlatoanis hay un enredado alambre de púas.

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Así de golpe no entiendo tal imagen. Río de los puros nervios. ¡Una escultura rodeada enteramente con alambres interesados en rasgar carne! No cacho la metáfora. Es porque no hay metáfora. Esa medida precautoria existe para que no se metan ahí a dormir los vagabundos, los teporochos o los niños que venden mazapanes. La sombra de nuestros antepasados no es cubil en esta ciudad llena de contradicciones. ¿Contradicciones? Yo diría incongruencias. Estamos todos locos. Apenas es marzo. El piso está lleno de jacarandas pisoteadas.

¡Púas alrededor de los monumentos! Rodean la historia de México con aguijones antes que pensar siquiera en erradicar la más evidente pobreza.

Pues sí.

Qué se puede esperar de un pueblo al que le tienen que castigar sus esculturas para que no las adultere con grafiti. Qué se puede esperar de una nación en la que hay periódicos cuya primera plana coloca codo a codo a una mujer bustona y en bikini junto al cadáver que el día anterior entregó. Qué se puede esperar de un país en el que, durante el Día de la Bandera, el presidente menos apasionado que hemos tenido iza una tela humillantemente desgarrada. Maldita sea.

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Defeño, del Barrio Bravo de Tepito. Autor de los libros de cuentos "Niños tristes" (Premio Maria Luisa Puga 2010), "Perros sin nombre" (Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012) y "¡Canta, herida!" (Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2015). Además de las novelas "Balas en los ojos", "El siglo de las mujeres" y "Hipsterboy".