“Humildad en La Merced”, por @JorgePedro

Si fuera presidente de Conaculta, ¿colocaría en mi oficina el mapa de la Ciudad de México del siglo XVIII que se exhibe en la sala 12 del Museo Nacional de Arte, como me contaron que hizo Sergio Vela? Yo creo que no, aunque me costaría trabajo prometerlo.

Gracias a que el otro día tuve la oportunidad de examinarlo con calma, esta mañana siento que cuento con un Google Maps mágico, una suerte de Aleph que me permite descubrir de un modo especial el lugar en el que me hallo: a tiro de piedra del arrabal del Hornillo, a la vera de un brazo de la Acequia Real que pasa por la Alamedita y enfrente de la Capilla del Señor de la Humildad, fundada por Hernán Cortés con el propósito de honrar a la Santa Cruz.

Lo único que queda de mi visión dieciochesca es la iglesita, la más pequeña de la ciudad. Le caben 12 personas sentadas, o puede que 18, sólo que algo apelmazadas. Se encuentra en la calle de Manzanares (de las pocas que conservan su nombre desde que se trazó la ciudad mestiza), a la altura de Circunvalación, en el vetusto barrio de La Merced. Muchos la tendrán presente por La montaña sagrada (1973) de Alejandro Jodorowsky.

Estoy aquí porque, como cada seis de agosto, se celebra la fiesta del señor de la Humildad, a quien se supone que veneran los ladrones de la zona. “Esas son mentiras”, opina la señora que vende artesanías michoacanas en Manzanares 26. La conocí por conducto de la generosa Luisa Cortés, la cronista de La Merced que también vino a la fiesta. Cuando la saludo a la distancia, veo entre nosotros a niños y niñas que se emocionan por su primera comunión o confirmación, y a algunos concheros, y buñuelos y juegos mecánicos y trajes lustrosos y camisas azules. La señora de las artesanías además me comparte que a las cinco de la mañana los vecinos le cantaron las mañanitas al Señor de la Humildad, como cada año.

Del otro lado de la calle, en Manzanares 25A, se levanta la única casa del siglo XVI de una sola planta que subsiste en el Centro. Luce tan desmedrada que dan ganas de volverse presidente de Conaculta o de plano de la República con tal de poder tomar las decisiones que se necesitan. Pero volvamos a la pequeña iglesia con sus dos torrecitas, una fachada medio neoclásica y medio barroca y un interior churrigueresco en donde el mero mero es el Señor de la Humildad.

“La imagen es del siglo XVIII, pero hay personas que dicen que es del XVI”, cuenta una de las seis carmelitas descalzas que viven en la parte de atrás luego de preguntarle por el Ecce Homo en cuestión, que este día llama la atención de todos afuerita de la iglesia. Estas monjas hacen una labor social muy importante en el barrio, ojalá los jefes de la parroquia de la Soledad y de la Santa Cruz, a la que pertenecen, tengan la humildad de felicitarlas. La calle de Manzanares mide poco más de 200 metros, pero aloja establecimientos relevantes como la vieja tlapalería La Brocha, la modesta pulquería El Recreo de Manzanares o el local donde arreglan huacales que parece que lleva ahí toda la vida.

No faltan las prostitutas ni algún chinero ocasional, como tampoco faltan los curiosos, o incluso algún nostálgico que relaciona sus mejores años con los cercanos bares África o Agustín. Únicamente ocho cuadras me separan del Zócalo, pero me siento en un mundo aparte. Aprovecharé que ando por acá para saludar a los amigos de Roldán 37, el restaurante que sirve los ricos chiles en nogada del recetario de Frida Kahlo. Allá pensaré en cómo terminar esta crónica porque ahora mismo no se me ocurre ningún final humilde. Y no es falsa humildad. O bueno, sí.

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(Jorge Pedro Uribe Llamas)