‘La suerte de Fernando Romero’, por @wilberttorre

En 2009 publiqué un perfil de Enrique Norten en Todo por una manzana, un libro que escribí sobre artistas mexicanos en Nueva York. Antes y después he conversado con otros personajes de esa vitrina de intereses, talento y egos que es la Arquitectura. En esas pláticas suele surgir un nombre pronunciado con reservas: Fernando Romero.

Romero tiene 42 años, es socio principal de FR-EE/Fernando Romero Enterprise y es yerno de Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo.

Entre sus obras están el Museo Soumaya –propiedad de Slim–, no del todo bien visto por colegas suyos que argumentan que falló al intentar comunicar y enlazar el espacio general de la zona, así como el Centro de Convenciones de Los Cabos, una obra de gobierno.

De sus proyectos en puerta figura el Centro de Convenciones de Ciudad Juárez, otra obra de gobierno, y compite por la licitación de la ampliación del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México, un mega proyecto también realizado –se supone–, bajo la directriz del gobierno federal. Hace unos meses Romero me contó que también construía la torre más alta del país, pero rechazó revelarme el nombre de su cliente.

¿Qué tienen en común éstas y otras obras públicas y privadas para las que ha sido elegido el Arquitecto Romero?

Que pudieron serle asignadas no en una decisión equitativa y razonada que ponderará  trayectoria, merecimientos y una propuesta, sino como suele suceder en México, donde casi todo y casi siempre se decide por contactos, intereses y relaciones políticas. Mientras más cerca del poder te encuentres, más te sonreirá el destino. En tanto más lejos del poder estés, te las verás negras para abrirte camino con merecimientos propios.

Y Fernando Romero está más cerca que nadie del poder absoluto en México: el del dinero, representado por Slim, el hombre más rico del país, padre de su esposa.

El episodio más reciente e iluminador de todo esto es el concurso de adjudicación de la obra de la ampliación del Aeropuerto de la ciudad de México, un proyecto de 120 mil millones de pesos por el que compiten 10 constructoras,  una de ellas IDEAL, de Carlos Slim. Una de las reglas de la convocatoria consistía en que ninguno de los participantes hiciera públicos detalles de su propuesta.

Fernando Romero participa en el concurso en tándem con el británico Norman Foster, ganador del Premio Pritzker, uno de los grandes arquitectos del mundo, y en abril pasado hizo una deslumbrante presentación de su propuesta ante autoridades de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes del gobierno de Enrique Peña Nieto.

La publicación (Milenio, 22 de mayo de 2014), dejó sin aliento a los otros seis arquitectos mexicanos invitados a condición de que convocaran a un aliado internacional con experiencia aeroportuaria.

Si se hicieran cumplir las reglas, Romero podría ser descalificado por violar una condición escrita en la convocatoria. Lejos de eso, la osadía de Romero y la permisibilidad del gobierno federal son leídos, como escribió irritado el Arquitecto Enrique Norten –uno de los participantes–  en la revista Arquine, como “la favorable preponderancia de grupo Carso en el proyecto”.

“¿La decisión será política o arquitectónica?”, preguntó Norten. Una pregunta muy pertinente en un país donde las simulaciones abundan y la suerte de algunos no es otra cosa sino un apellido.

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 (Wilbert Torre)