“Las telegrafistas húngaras”, por @diegoeosorno

Amnesia, uno de los centros nocturnos pioneros del table dance en Monterrey y ligado a políticos poderosos del PRI, fue asaltado la noche del 30 de julio de 2001, por un comando de la policía. Los efectivos del ayuntamiento a cargo del PAN revisaron las instalaciones y detectaron la presencia de 19 bailarinas, quienes fueron detenidas por el “delito” de ser extranjeras. Esa madrugada fueron llevadas a unas celdas municipales y amanecieron exhibidas en los noticieros de televisión. Días después, contra su voluntad, el Instituto Nacional de Migración las deportó a sus países de origen.
Aquella madrugada comencé la investigación de una red internacional de prostitución que operaba con mujeres de países de Europa del Este, principalmente de Hungría.
Tres meses después, llegaron seis bailarinas nuevas a la ciudad, pero ahora para trabajar en Obsession, otro de los Men´s Club más afamados y caros de la ciudad. Todas ellas eran húngaras y habían desatado un enorme furor en el mundo nocturno de Monterrey. Solo una de las bailarinas, llamada Magda, había sido engañada al principio por los tratantes. Las otras cinco, por el contrario, habían decidido seguirla tras enterarse del destino alterado de quien, como ellas, antes de bailar alrededor de un tubo siempre había laborado manejando el código Morse.

Magda vio un anuncio en el periódico en uno de esos días de tedio en la oficina de telégrafos de Budapest en la que laboraba. Se ofrecía muy buena paga a mujeres menores de 30 años por un empleo en el extranjero del que no se daban más detalles. Un par de días después estaba siendo entrevistada en un apartamento de la capital y tras una hora aceptó viajar a México para trabajar como modelo. Estaba sorprendida de que pudieran pagarle tanto dinero por solo usar cierto tipo de ropa y dejarse fotografiar. Desde 1989, ante la crisis del gobierno comunista, Hungría vivía una terrible depresión económica y no era fácil hacerse de esperanzas para salir adelante económicamente.

Un mes después, Magda voló de Budapest, Hungría a Frankfurt, Alemania, y luego de ahí a la Ciudad de México, donde permaneció unos días en una casona de la Zona Rosa, con otras húngaras. Finalmente viajó a  Monterrey y se quedó en una casa de la colonia Paseo Residencial con otras dos chicas también húngaras. Tres días después de haber llegado le explicaron que su trabajo consistía en bailar alrededor de un tubo y quitarse la ropa delante de los clientes de un bar. Trató de resistirse pero se dio cuenta de que era inútil. México le parecía un sitio tan fascinante como indescifrable, además, le interesaba el pago prometido. Así, cada día, de lunes a sábado, a las 6 de la tarde, una camioneta Suburban acudía hasta su casa a recogerla y llevarla al Obsesion Mens Club, junto con otras chicas. Luego, otra suburban las regresaba a las casas al alba.

El húngaro que se encargaba de “representarlas” ante los centros nocturnos de Monterrey se llamaba László Árvai. Durante sus negociaciones aclaraba que las mujeres venían respaldadas por el apoyo de una “agencia”. “Agencia” era el eufemismo para nombrar a las dos organizaciones criminales que operaban en Hungría. Una integrada por antiguos miembros de la República Democrática Alemana (RDA) y otra por líderes ucranianos. La tarjeta de presentación que el “agente” László Árvai repartía en Monterrey detallaba una dirección de Budapest, Damjanich, Hungría, donde se concentra el reclutamiento de las mujeres originarias de países del Este de Europa. Además, al reverso de la misma se mencionaba otra oficina, ubicada en Riverside, California, Estados Unidos.

Al cabo de un par de meses, Magda logró enviar dinero por primera vez hasta Hungría a través de uno de los operadores de Laszló Árvai, quien tras una estancia en Monterrey regresó a Budapest y al poco tiempo de estar allá, recibió la llamada de dos ex compañeras de la oficina de telégrafos de Magda, que se habían enterado del trabajo que ella tenía en México y querían saber si ellas también podían ser reclutadas. Ambas tuvieron una cita previa y luego de ella salieron de Budapest a Monterrey haciendo el mismo itinerario que Magda. Un mes después, otras tres antiguas compañeras de Magda hicieron el mismo periplo.
Así fue como a inicios del siglo XXI, seis telegrafistas de Budapest, mediante una red internacional de prostitución, se convirtieron por varios meses en las estrellas del salvaje noreste de México.

En el salvaje noreste de México, las “húngaras” fueron por mucho tiempo aquellas mujeres que con su falda larga y blusa holgada deambulaban por las calles ofreciendo predecir el destino personal o solucionando los problemas graves de los incautos. Hablar de húngaras en mi niñez era hablar de posibles conflictos: “No vayas con las húngaras porque son malas, te van a estafar”, reza la frase común con que familiares o amigos advertían de los peligros inminentes al tratar con ellas. “Esas mujeres hasta te pueden quitar la casa si te dejas. A mí en una ocasión me empezaron a decir que me iba a ir muy bien en el amor, pero que en cuestiones de dinero iba a tener problemas, entonces una de las dos que estaba conmigo me dijo que me regalaba un costalito milagroso que tenía a cambio de que yo le diera un poco de dinero donde se manifestara mi gratitud”, me contó alguna vez mi prima Maricela.
Más allá de los prejuicios, es falso que todas las estafadoras callejeras que suelen ser catalogadas como húngaras, hayan nacido en Hungría o sean gitanas, como también se les dice.

El arte de su engaño pasa muchas veces por ser capaces de lograr la simulación de ser parte de la ancestral cultura zíngara.
Pero en aquellos tiempos en Monterrey, “las húngaras” dejaron de ser el genérico de la estafa y se convirtieron en el del deseo. “Las húngaras”, era como se les decía a todas las bailarinas de Europa del Este que llegaron a trabajar en los centros nocturnos de la ciudad, durante una época que se conoce como “El boom del table dance” y que tuvo mucho que ver para que años después estallara la guerra que estalló, aunque pocos sean los que se quieran acordar de eso o tengan amnesia.
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(DIEGO ENRIQUE OSORNO / @diegoeosorno)