Mi verano aprendiendo a usar la ciudad

Conocí la ciudad caminando. A los seis o siete, caminaba horas y horas los sábados con mi mamá, recorriendo el centro de la ciudad, desde que abrían las tiendas hasta que era necesario irse corriendo porque era “muy peligroso” quedarse de noche.

Aún recuerdo las calles solas, llenas de basura e indigentes, mientras mi mamá me apuraba cargada de cajas, caminando rápido con sus taconcitos, para alcanzar la entrada al metro (yo imaginaba que ese era el truco para que la noche no se adueñara de nosotras y nos impidiera regresar a casa).

Cuando cumplí 12 y entré a secundaria, también entré a la vida independiente. Se terminó la escuela fresita y pasé al mundo de la escuela pública que era “la mejor” académicamente –según mi madre- y a donde me iría sola y en transporte público. Horror, terror y escándalo, que no sirvieron de nada porque mi progenitora estaba decidida a que aprendiera a moverme en la ciudad y enfrentar la vida. No puedo terminar de agradecerle el mejor verano que pude tener.

Un día después de haber terminado la primaria, mi mamá empezó a guiarme por el intrincado mundo del transporte público chilango. Primero me enseñó cómo irme de casa a la escuela, con varias rutas alternas que incluían camión, micro, metro y largas caminatas por la entonces hermosa y arbolada Avenida Azcapotzalco. De los taxis ni me enteraba, me daban más miedo que un microbús destartalado.

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Después aprendí a llegar a casa de mi abuela, desde cualquier lado donde estuviera, si me sentía mal o perdida, si tenía cualquier inconveniente o emergencia, debía correr a casa de mi abuela.

Una vez claras esas rutas, nos lanzamos al Centro Histórico. Aunque había ido toda mi vida, no tenía idea cómo llegábamos a cada tienda, papelería o museo.

Al final, cuando ya dominaba la diferencia entre el Sanborns de los Azulejos y el Café Tacuba o la plaza de Santo Domingo y las librerías de viejo de Donceles, mi mamá me hizo un regalo que aún me emociona: me llevó a las bibliotecas del rumbo. De todas, siempre preferí la del Congreso, donde al menos una vez a la semana, iba a estudiar o a hacerme wey hojeando libros.

Pronto aprendí a vivir así, con estrategias de autocuidado y llantos ahogados por el acoso sexual y los eventuales nalgueos, caminando y estando donde quisiera. Esa libertad, que me dio mi madre obligada por su realidad de mujer-trabajadora-divorciada-, me dio incluso la tranquilidad para irme de vez en cuando de pinta.

Andar sola no fue opcional, pero tomármelo con optimismo y aprovechar para meterme a nuevos rincones o guiar a mis amigas convirtió mi situación en ventaja.

No había celulares ni apps para que mi madre rastreara mi ubicación, aunque podía llamarle al trabajo si algo URGENTE pasaba, si no, sabía que un sandwich me esperaba para cenar luego de salir de la escuela, a las 8 de la noche.

Mi madre tenía razón: aprendí a enfrentar mejor la vida. Cuando cuento esta historia, mucha gente me dice que eso era AAAANTES, cuando la ciudad “era más segura”. Quizá hace 30 años la ciudad era más segura, o al menos, los peligros eran otros, pero hoy muchos padres siguen dando a sus hijos esa “autonomía forzada”, porque no les queda de otra que tragarse la angustia y dejar que sus adolescentes se las arreglen solos, y aprendan a enfrentar mejor la vida, porque los papás tienen que trabajar.