Morir en el ring

“Para lo poco que hay que ver, con un solo ojo me basta”.
El Pirata Morgan

La muerte del Hijo del Perro Aguayo prácticamente en el cuadrilátero es una tragedia por donde se le mire. El hecho de que haya sido grabada en video por aficionados y por las mismas cámaras de televisión, ha convertido el instante de su muerte en uno de esos momentos macabros que se repiten una y otra vez en los medios y que ya nunca saldrán de nuestra mente, como el asesinato de Colosio, o el de John F. Kennedy.

La noticia ha despertado el interés de la sociedad que súbitamente se ha preocupado por los derechos de los luchadores y por las casi nulas medidas de seguridad y protocolos de asistencia que tienen en caso de un accidente. Ojalá que de algún modo la muerte de este joven y exitoso luchador permita a quienes viven del arte del pancracio mejorar sus condiciones laborales, aunque no será fácil, puesto que las empresas de lucha libre mexicanas llevan décadas sobre-explotando a sus estrellas, manejando la propiedad de los personajes con los que ellos y ellas se parten la madre cotidianamente, además de exigir lances cada vez más riesgosos en pos de tener mayor público.

A mí lo del Perro Jr. me ha puesto muy triste porque yo amo la lucha libre. Hace más de 20 años cubrí la fuente de las luchas para el periódico El Nacional y tuve la gran oportunidad de sumergirme en ese ambiente inigualable, lleno de personajes maravillosos, muchos de los cuales encarnan lo que solía llamarse en este país la cultura del esfuerzo. Don Pedro Aguayo padre es uno de esos. El famoso Can de Nochistlán proviene de una familia que vivía en la extrema pobreza, donde no siempre había qué comer. Su esfuerzo, su fortaleza y ese carácter atrabancado de quien viene de abajo y sabe salir a flote emocionaba al público y emocionaba a su pequeño hijo, quien posaba con él para las fotos y a quien logró darle una vida con menos carencias. Con los años Pedro Jr. se convirtió en luchador siguiendo los pasos de su padre, como lo han hecho muchos jóvenes en el ambiente de la lucha. Los luchadores se casan con luchadoras y tienen hijos luchadores que prácticamente nacen con máscara, como en la película de Pepe Buil.

Don Pedro Aguayo padre, el legendario Perro Aguayo, fue lesionado de gravedad varias veces durante su larga carrera luchística y en alguna ocasión quedó paralizado de todo el cuerpo varios meses en el hospital. No le tocó perder la vida a él, sino a su hijo, pero en la tragedia, más allá de la ineludible responsabilidad de quienes no brindaron al Perro Aguayo Jr. la atención oportuna y adecuada, también hay un asunto de honor. La madre de Pedro dijo en su funeral que seguramente su hijo hubiera querido morir en el ring.

Morir en el ring es para algunos luchadores el más alto honor en un deporte espectáculo en el que se sale a dar la vida. Así se fue también el joven Oro en la década de los noventas, tras hacer un lance suicida, y así ocurrió también con Sangre India, quien murió en una función celebrada la Navidad de 1979; entre algunos otros casos no menos dramáticos.

También recuerdo a mi querido amigo Vitorino, un gordo genial que gritaba el clásico: “¡Lucharáaaaaaaaaan a dos de tres caídas sin límite de tiempoooo!”, quien un día, en lo que esperaba sentado en las butacas a que acabara una lucha para presentar la siguiente le dio un infarto sin que nadie se diera cuenta, ya que pensaron que se había quedado dormido.

Hace años un viejo réferi llamado el Güero Rangel me decía con gran amargura: “La gente cree que pagando una miseria y con un aplauso va a pagar el esfuerzo que hace la gente arriba del ring. Eso no sirve de nada. Un aplauso no te paga una lesión en la columna, un aplauso no le va a dar de comer a tu familia. A la gente le vale madre si el luchador se muere, por mí que se queden con sus aplausos.”

Y sí, un aplauso no vale de mucho, pero yo pido uno grande para la lucha libre mexicana y para esos grandes atletas e histriones que se juegan la vida en cada lucha encarnando la eterna batalla entre el bien y el mal. ¡Qué Dios bendiga a los luchadores mexicanos y a todos lo que, de alguna manera, le hacemos la lucha en este país!

En el nombre del Santo, del Hijo del Santo y del Espíritu Santo. Amén.

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Músico, poeta y loco, alter ego de Monocordio, conductor del programa "El Weso" y autor de "El Diccionario del Caos".