LAS PERSONAS-BULTO, UN NUEVO INDICADOR

Han pasado varios meses desde que comencé a notarlos. Primero me parecía una anormalidad, después el asunto comenzó a ser más descarado; era difícil sacarlos de la vista porque cada vez aparecían (y aparecen) más. Como por generación espontánea.

Son notorios por las madrugadas: son esos bultos inertes encima del cemento de las banquetas que amanecen pegados a cualquier aparador, recargados contra aquella pared, bajo el portón de alguna iglesia, sobre o bajo la banca del parque.

Cuando el sol se despereza y la vida clarea, la bultitud comienza a moverse. De debajo de las cobijas que les daban forma de objeto comienzan a surgir cual si fueran trágicos girasoles. En ese momento recobran su figura humana, sus rasgos de personas, dejan de ser personas-bulto.

De día no son tantos los perceptibles, la mayoría se camufla con el paisaje mezclándose con los otros seres humanos que están fuera de casa. A los más veteranos (lo cual no siempre tiene que ver con la edad) se les encuentra en los parques tomando el sol porque no tienen nada más que tomar, o como golondrinas que pasan de negocio en negocio pidiendo alguna moneda. Su piel y su ropa parecen haberse atragantado con todo el esmog que hay en el ambiente.

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Los recién llegados son más difíciles de notar porque se esconden, y aún conservan su tono, la calle no les ha borrado sus rasgos, no los ha percudido, no los ha marcado.

Cuando llega la noche todos son inconfundibles. Son aquellos que no tienen un techo dónde ocultarse y comienzan a tender el que será su nido temporal –algunos cartones, cobijas roídas, los materiales que regala la suerte. A dormir, a reconvertirse en bultos.

Cuando los distingo en mi camino –son hombres en su mayoría aunque la vista engaña– me pregunto cuántos de ellos serán padres de familia que fueron recortados de su trabajo y por vergüenza, por sentirse una carga, por no quitarle a los suyos el taco que se llevan a la boca y hundir a todos en su barco, decidieron probar otras suerte confiando en su capacidad de supervivencia. Pero se les rompieron sus frágiles redes, quedaron atrapados en la indigencia, succionados hacia el punto del no-retorno.

Las personas-bulto son el indicador imposible de borrar de la economía, el contra-relato de la demagogia que nos dice que todo va bien, el evidente síntoma del desbarrancadero que se avecina. Las personas-bulto son el residuo de ese salario mínimo a la mexicana que succiona cuerpos, exprime todo el sudor, borra rasgos humanos, y -cuando agota el tiempo de vida útil o una enfermedad consume la economía familiar tan rápido como se quema una casa de cartón- escupe bultos inertes sobre las banquetas.

Lejos quedaron los derechos más humanos como el pan, techo y trabajo para todos. Lejos los tiempos de la solidaridad ciudadana expresada en ollas populares o las políticas de la igualdad en la que todos importaban, cuando no había descartables, cuando ninguna persona era bulto.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.