Un país de escándalos

Los escándalos le están haciendo mucho daño a la sociedad. Uno tras otro se disputan los reflectores por días, a veces apenas por horas, y el resultado es una sociedad cada vez más indiferente, incapaz de reaccionar a lo que le digan o le puedan mostrar. Porque a fuerza de ver todos los días el desastre, hemos terminado por acostumbrarnos a él.

Por supuesto, la culpa no es de los que denuncian. Periodistas, activistas y alguno que otro político hacen un esfuerzo por captar la atención social, pero son tantos los motivos de escándalo que hemos agotado nuestra reserva de indignación. Sólo así se entiende, por ejemplo, la pobre respuesta a los trabajos publicados en los últimos días por Newsweek y Aristegui Noticias.

Se trata de trabajos serios, bien documentados, que acreditan lo que ya suponemos o intuimos: que buena parte de la clase gobernante sólo lucha por el poder para construir una fortuna personal.

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Los dos trabajos, dignos de revisión, muestran cómo personajes de la política favorecen sistemáticamente a empresarios, quienes simulan competencia a veces hasta de las formas más burdas, con los mismos domicilios o representantes legales, con licitaciones a modo, con negocios en rubros en los que carecen de experiencia o formación.

Las pruebas están a la vista y las consecuencias son inexistentes. ¿Por qué? Porque las instituciones – muchas de ellas – forman parte del mismo entramado y no mueven un dedo para hacer nada, ya ni siquiera para simular; porque muchos medios son cómplices – o en el mejor de los casos – tan mezquinos que son incapaces de dar seguimiento a las notas, simplemente porque no las generaron ellos. Y porque tenemos una sociedad mayoritariamente adormecida, casi zombie, que ya no reacciona aunque la estén robando en su cara.

¿Podemos salir de este pasmo? Quiero creer que sí, pero eso requiere recuperar nuestra capacidad de poner la atención durante más de un tuit y pasar de país del meme a un país de consecuencias. Está claro que ni los políticos ni los medios van a cambiar, ¿lo haremos nosotros?