EL DERECHO A VIAJAR SOLAS O JUNTAS

A propósito del indignante asesinato en Ecuador de las argentinas María José y Marina, a quienes se culpó de su muerte por “viajar solas” -aunque no iban solas, estaban juntas-, escribí un mensaje en Facebook por el que recibí comentarios de amigas y desconocidas con inquietudes parecidas: “¿Por qué consideran que nos falta algo cuando viajamos solas?”. “¿Por qué sólo se tiene permiso de viajar cuando va un hombre?”. “¿Por qué nos obligan a inventarnos maridos para que no nos molesten en los viajes?”. “¿Por qué no miramos también a nuestro alrededor: cuántos paneles vemos en los que sólo se invita a los hombres a hablar?”. “También en las ‘culturas desarrolladas’ hay que ver cómo tratan a las mujeres en la política”.

Como formo parte de este club de mujeres que han sido acosadas por haber osado emprender viajes sin compañía masculina, comparto aquí mi historial de ‘provocadora profesional’ y algunas de las experiencias que yo y muchas hemos vivido (a pesar de que cada año nos celebran el Día de la Mujer):

“Viajé por primera vez con mis amigas a los 15 años, a la playa. Me metí a las scouts para que mi papá me permitiera salir de viaje. Después comencé a hacerlo sola y, mochila al hombro, crucé Europa en trenes a mis 20: en Francia un hombre drogado me asustó (una turista me rescato de sus brazos); a la salida de un templo griego fue un tipo con una navaja. En India, en el Museo de Gandhi, un hombre barbado con turbante me exigió “kiss me”, mojándose los labios; otro en el desierto me propuso matrimonio a cambio de unos camellos; en un hotel me ofrecieron un cuarto y un varón que me acompañara. A Bangladesh no me permitieron pasar por tierra por ser inapropiado (nunca supe si por mujer o por periodista). En Hong Kong, como estaba en chino hacerme entender, pasé la noche vigilando mi puerta en un motel de negra memoria. Crucé Centroamérica cuando todavía se podía hacerlo: en El Salvador a diario tuve que explicar cómo a mis 29 años no estaba casada y en Nicaragua me quedé a metros de conocer unas ruinas arqueológicas porque el instinto me avisó no seguir. Ya en Sudamérica, en una lancha en Brasil donde un fiscal me coqueteaba descarado, me robaron mi cartera (años después fue bailando samba con amigos). Atravesé Medio Oriente con un fotógrafo que conocí viajando, pero el día que nos enojamos y caminé por un mercado sirio de pasillos como laberintos llegué a una terraza ocupada por machos y sentí su desprecio por haber nacido mujer. Y asco. Exorcicé el susto en un hermoso hamam en forma de placenta donde las mujeres se quitan los velos negros y se bañan desnudas mientras las acaricia el agua y unas a otras. En Estados Unidos un maniático que hablaba con dios me advirtió que mi cadáver podría ser encontrado entre unos arbustos. En Líbano insulté al dueño de un hostal porque espiaba con sus libidinosos amigos el dormitorio femenino. En Estambul salté de un taxi, aterrada, en la noche, cuando me di cuenta que el taxista me llevaba a las afueras de la ciudad.

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Muchas veces para protegerme inventé que tenía marido o que mi novio rondaba cerca y también pensé comprarme un anillo. Otras, dejé sin desempacar el traje de baño y me conformé con ver el mar de lejos. También tuve que despintarme las uñas o cubrirme la cabeza con velo cuidando de no dejar ni un cabello a la vista.

También yo asusté a turistas desconocidos a quienes me les pegué como acosadora para simular que íbamos juntos hasta esquivar a quienes creí me seguían (por suerte nunca llamaron a la policía).

En mis cartas-crónicas de viaje omití muchos de esos detalles para no preocupar a nadie. Y aún hoy, cada vez que anuncio que recorreré el Camino de Santiago alguien menciona a la turista coreana desaparecida, previniéndome de no hacerlo.
Amo viajar, lo sigo, lo seguiré haciendo. Lo recomiendo siempre a mis amigas, a todo mundo. He tenido más experiencias bellas que pesadillas, he encontrado mucha más gente buena que sin conocerme me ha abierto su casa, me ha compartido de su sopa, prestado un sillón para pasar la noche y cuidado mi sueño.
La libertad que sientes al viajar te marca para siempre: se vuelve una enfermedad que crece dentro tuyo, te acompaña de por vida, nunca la erradicas, sólo la controlas, porque el camino nunca deja de llamarte y de pronto, sin más, ya dejaste tu trabajo, tus ahorros y tu vida, y te encuentras explorando nuevos universos.

Viajar es encomendarte a la vida, soltar todo, dejarte mecer y llevar por ella. Es renacer, es tener enfrente un mundo por descubrir, es conocer amigos que te estaban esperando, es un curso intensivo acerca de vivir, es volverte a sorprender, es llorar, es recordar lo esencial, es obligarte a pedir ayuda, es sentir soledad, es asomarte a tus miedos, es el corazón latiendo con prisa, es enamorarte, es dejar tu alma en cada lugar.
Viajo sola y me indigna y enoja y entristece que mujeres mueren por hacerlo, como Marina y María José, quienes no iban solas: juntas. Me preocupa que para mujeres, para turistas, para reporteras, hay sitios prohibidos. Que matan, secuestran, desaparecen y violan mujeres también en mi país, México. ‪#‎Niunamás

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.