“Nuestros viejos”, por @AlexxxAlmazan

Dolores, mi abuela paterna, fue una de esas señoras de pueblo que emigraron al DF sólo para que la vida fuera mucho más difícil. En sus últimos años lloraba mucho, como si su cuerpo rechoncho fuera un tanque de lágrimas y le urgiera vaciarlo. Sus hijos le ayudaron, pero no les alcanzó para que muriera pobre, igual como nació. Su muerte ocurrió a fines de los ochenta, cuando a los viejos no se les decía adultos mayores y cuando ni siquiera tenían derechos. Fueron tiempos donde las políticas públicas del PRI mantuvieron la idea de que nuestros viejos solo eran un estorbo.

En DF, López Obrador dignificó a nuestros viejos con una pensión alimentaria. Hoy, en esta ciudad, llegar a los 68 años ya no es tan sombrío. Papá, por ejemplo, cumplió hace poco 70 años y cuida su tarjeta de la pensión como cuando nos cuidaba de niños. No me lo ha dicho, pero creo que se siente valorado.

Lamentablemente no todas las historias son como las de papá. Al Instituto para la Atención del Adulto Mayor (el IAAM DF, para abreviar) llegan historias de hijos que encierran a los abuelos o a los padres, de viejos que han perdido su casa porque la propia familia los echó o cómo se les inculca que el resto de sus años son para cuidar a los nietos y hacer mandados. En Línea Plateada —el teléfono de emergencias del IAAM DF— ha habido llamadas como la de una señora que sus hijos le pegaban; los tipos, por fortuna, terminaron en la cárcel.

Tal vez si se entendiera a la tercera edad como los años de recompensa que merecen nuestros viejos, el IAAM DF o el INAPAM tuvieran menos trabajo. Pero esta ciudad, igual que el país, suele olvidar a sus viejos con la misma facilidad de la gente que cree que de ella sí se van acordar.

El otro día, en el Superama, una joven pareja clasemediera le dio cincuenta pesos de propina al viejón que empacó el mandado. Me pareció un buen gesto. No lo hicieron por lástima, sino por un mero sentido de humanidad.

—¿Qué hacía antes de estar aquí? —le pregunté al viejón.

—Trabajaba un taxi, pero ya no pude manejar bien porque me salieron cataratas. Y ya ve, cuando empiezan las enfermedades a uno ya no lo quieren en ningún trabajo y nos volvemos unos buenos para nada.

—¿Por qué piensan eso si no es cierto?

—Porque se perdió el respeto.

Todo esto se los cuento porque mañana 28 es día del adulto mayor, y porque el martes pasado, cuando me asomé por la ventana de mi departamento, miré durante algún tiempo al viejón que toca trompeta cada semana, a la misma hora. Es del color de la tierra, usa huaraches y trae el pelo blanco como una paloma. Me recuerda mucho a Dolores. Creo que es tiempo de que todos dignifiquemos a nuestros viejos. No solo sirven para embolsar el súper, para tocar la trompeta o para morir en la pobreza. Ellos nos enseñaron la vida como pudieron y sólo por eso deberíamos estar agradecidos.

(ALEJANDRO ALMAZÁN)