Para el día de muertos, por Guadalupe Nettel

Ahora que empiezan a ponerse los altares de muertos y otras manifestaciones típicas de nuestro país en estas fechas, pensemos en la relación, legal y psicológica que tenemos los mexicanos con la idea de la muerte. No me refiero a la tradición de recordar a nuestros muertos, tampoco a la capacidad de absorber las noticias cotidianas y sus escandalosas cifras, sino al momento previo a que nuestros seres queridos, o nosotros mismos, pasemos a formar parte del Mictlán, o el otro mundo.

Hace poco me enteré de que los médicos sólo informan a un moribundo de su situación si sus parientes lo autorizan, como si la persona a punto de fallecer hubiera dejado de ser un adulto responsable y se hubiese convertido prematuramente en un fantasma. A pesar de toda nuestra familiaridad con los dibujos de la Catrina y con las calaveras de papel maché, vivimos de espaldas a esta verdad ineluctable. Nuestra actitud en el momento en que la vida humana llega a su término es de negación y de esa negación resulta muy a menudo una enorme falta de respeto como la que acabo de describir.

En muchas culturas ancestrales: las de los indios, los indígenas de todo nuestro continente o la tibetana, existen rituales para preparar al moribundo, para permitirle decir adiós a todas las personas y asuntos con los que está relacionado. Los médicos y chamanes no se empeñan en hacerle creer que puede seguir viviendo cuando es obvio que esto no sucederá sino que, con toda suavidad y cuidado, apoyan su transición a ese otro estado de conciencia.

Todos los seres humanos deberíamos tener el derecho a decidir cómo queremos terminar nuestra existencia. Todos deberíamos acatar la voluntad de alguien que prefiere no permanecer conectado a una máquina que le prolongue la vida artificialmente; respetar su deseo de morir en su casa o en una cama de hospital y también su idea de cómo deberán llevarse acabo sus exequias. Desgraciadamente, muchas veces son los parientes quienes se encargan de tomar estas decisiones. Son ellos los que, según sus creencias y su ideología, diseñan a su antojo nuestros últimos minutos y nuestros funerales.

En muchos países, las personas mayores o en riesgo de muerte, llenan un formato conocido como Las cinco directrices donde especifican estas cuestiones y es un delito contradecir su voluntad. Aquí, sin embargo, no sólo carecemos de instancias legales de fácil acceso para defender esos derechos, sino que es costumbre que, una vez reducido a un estado de sufrimiento constante y e inconciencia, nuestros familiares –y muchas veces ni siquiera los más cercanos- se abroguen el derecho a decidir por nosotros.

En un libro polémico pero excelente llamado Manifieste por une mort douce, sus autores, Jaccard y Thevoz, defienden el derecho a “la muerte voluntaria”, es decir, el de decidir el momento de su muerte y la manera en que ésta deberá llevarse a cabo, sin orillarlos a cortarse las muñecas o a saltar por la ventana, sino con dignidad y con todos los recursos médicos a su alcance. El derecho francés debería, según el manifiesto, dar la posibilidad de abreviar el dolor con total lucidez y con el apoyo compasivo de todos sus congéneres. Otro libro recomendable es el Libro tibetano de la vida y la muerte que pone al alcance de los occidentales, místicos o escépticos, consejos muy útiles para quienes se van pero también para los que nos quedamos en el dolor y la pérdida.

 

(Guadalupe Nettel / g.nettel@yahoo.com.mx)

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Escritora. Aunque defiende el género del cuento como una guerrillera, su novela más reciente obtuvo el Premio Herralde de novela. Es autora de libros como "El huésped", "El cuerpo en que nací", "Pétalos y otras historias incómodas" y "El matrimonio de los peces rojos".