¿Para qué los partidos?

Muchas personas creen que los partidos políticos no tienen razón de existir. Han visto en ellos el epitafio de la democracia, se hicieron fortaleza en lugar de plaza pública, se olvidaron de su esencia y mandato. Muchas personas creen que son un desperdicio de dinero, una simulación, una farsa, matracas y mentiras. Muchas personas creen que los partidos políticos deberían desaparecer en México; yo creo, por el contrario, que deberían empezar a nacer verdaderos partidos.

En México, 8 de cada 10 personas, según Parametría, sienten que los partidos no son de fiar. Y creo que tienen motivos poderosos para verlo de esa manera. Tanquetas en las universidades, billetes en maletines, viviendas de lámina, crímenes impunes, fraudes inauditos, manglares profanados, camionetas sobre el Zócalo, un país sin futuro, tantas imágenes que podríamos evocar para ejemplificar la manera en que la clase política ha construido una complicidad total con sus partidos.

¿Por qué apostarle a un sistema de partidos? Esencialmente porque es la mejor manera de representar los mosaicos diversos que constituyen a nuestra sociedad. Sólo de esa manera se podría buscar que representen a esta sociedad plural. Los partidos podrían significar un proyecto de país y no un proyecto monetario, algo que en México no ha sucedido. Hemos construido un sistema de negocios y franquicias, donde la militancia poco cuenta y la cúpula del partido dispone; hemos construido un sistema donde los principios, las ideologías y los programas de gobierno son banalidades, y las cuotas son las que mandan; hemos construido un sistema que acalla periodistas, que le teme a las universidades, que silencia el disenso y aplaude el servilismo. En suma, México no tiene un sistema de partidos, sino una élite que se disputa el poder económico y político.

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Los partidos históricamente nacen para lograr construir un vehículo de representación popular, para evitar que desde los palacios y las cortes aristócratas se concentrara todo el poder y que las clases populares pudieran aspirar a ser tomadas en cuenta en las decisiones. Ahí radica el gran problema. Construimos partidos para que no sólo los hombres, de clase acomodada, blancos y de ciudad tomaran decisiones, pero ¿alguien podría sostener hoy que este perfil no continúa predominando en la política?

Por eso, debemos repensar a los partidos. Que signifiquen más un espacio de ideas y mucho menos un botín para el más cínico. ¿Qué tal si en lugar de construir nuevos ricos construyeran nuevos proyectos de país? ¿Qué tal si para obtener el registro bajáramos los requisitos? Y que en lugar de las 20 asambleas con 3 mil personas por todo el país que hoy se necesitan, bastara una con mil personas en un estado. Pero eso sí, ¿qué tal si estos nuevos partidos políticos vivieran en un inicio sólo de su militancia y, conforme fueran obteniendo relevancia en su localidad, pudiéramos financiarles para lo verdaderamente irrenunciable? ¿Qué tal que lo central de cada uno de estos fueran sus propuestas y no sus guerras sucias?

Creo que a muchos, esto les sonará a un sueño inalcanzable. Pero llegar a nuevas realidades de partido, locales, casi sin financiamiento público, eminentemente programáticos, pueden ser conquistadas si verdaderamente los viejos partidos quieren de regreso la confianza de sus representados. Veremos si han aprendido algo.