La paz en un centro comercial

El consumismo de estos días avanza sobre cada familia y oficina. Que no quede aguinaldo impune. Tarjetazo y esto se resuelve. Que el “yo del futuro” se encargue de estas cuentotas.

Debo admitir que nunca he sido un entusiasta de la compra de regalos en estos días de fiesta. Hay tradiciones y prácticas de la época que me sobrepasan. El tener que ir a una tienda departamental a hacer las compras navideñas es una de ellas.

A eso de los seis años entendí que esto no era lo mío. Recuerdo muy bien esos fines de semana en Plaza de Sol a mediados de los años noventa. Entre la mezcla de luces descoordinadas, melodías navideñas robóticas y lociones chillonas, descubrí una técnica perfecta para evadir la obscena realidad en la tienda departamental: me internaba en los percheros de vestidos, camisas y demás prendas. Mi estatura me permitía cerrar los ojos y llegar hasta las profundidades del algodón y nylon.

Aún recuerdo la sensación de las prendas, su temperatura, la facilidad con la que tacto infantil podía navegarlas. Como un buzo de las telas, nadaba con medusas de tul y corales estampados en los vestidos largos. Sentía los brazos marinos de mi padre en las camisas formales. Allá, como oleaje distante, los rumores del centro comercial.

La experiencia sumergía en éxtasis a mis oídos, mis brazos y mi cara. Lo más cercano a ese momento era acompañar a mi mamá al súper y meter mis brazos al barril de frijoles hasta donde mis codos permitían.

Ahí, entre la negación del ruido, de olores, de estímulos, encontraba la paz anhelada de la que nos decían en la escuela que significaba esta época del año.

Creo que así aprendí lo que pueden significar las fiestas decembrinas. No necesariamente se trata de los fastuosos regalos, los sacrificios en enero o las ramplonas decoraciones. Habrá quien ahí encuentre paz, diversión y armonía. Bien por esas personas.

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Desde hace un tiempo entendí que este tiempo no obliga a nada, sino que invita a la plenitud. Que estos días son para conmovernos, a veces con un abrazo, un villancico, dos o tres brindis con amigos, una mirada cómplice, una buena lectura, reencuentros, un compañero animal que calienta la alcoba, un paisaje sin fin o unas palabras alentadoras.

Por eso, para estas fiestas te deseo de corazón que encuentres lo que te da paz. Quizás te espera, como a mí, en un centro comercial.

Posdata: Si ya de plano vas a comprar regalos, por favor siempre considera las opciones de obsequios hechas en México. Échale la mano al comercio local, hay bazares en cada rincón que te ofrecen una cantidad impresionante de opciones de alta calidad y que impactan directamente en productores locales. Que la Navidad sea también una época de solidaridad con las manos vecinas.