Manifiesto y destino

Cuando tenía 18 años, leal a la tradición más romántica de la juventud, llegué a un manifiesto que volví mío. Sintetizaba muy acertadamente las complejas sensaciones que me provocaba entrar a la “edad adulta”. El Manifiesto de la generación expansiva confesaba reconocerse como jóvenes influenciados por la globalización, el internet y por las nuevas búsquedas políticas, estéticas, ambientales y sociales.

A ocho años de esos momentos llenos de amistad y sueños me queda claro que el flujo de ideas alrededor de cómo encaminar el cambio en nuestro mundo no ha parado, sin embargo, la política poco o casi nada ha tomado de dicho asidero de ideas. Y eso es muy preocupante.

Muchos jóvenes somos sensibles a las condiciones actuales de nuestro planeta y buscamos la construcción de un mundo más libre, justo y equilibrado. ¿En dónde se ve reflejado eso? ¿La agenda de nuestros gobernantes la ha incluido? Me atrevería a decir que no, que nuestra agenda está en la periferia de la política.

La actitud rapaz de los partidos en México es nociva para el futuro, disputan cargos públicos todos los años a lo largo y ancho del país sin una agenda pensada en los 50 o 100 años venideros. Quienes toman las decisiones en la administración pública suelen no tener un horizonte programático que trasciende su periodo.

Quienes somos jóvenes tenemos una gran agenda pendiente alrededor de un sinnúmero de derechos, sin embargo, me gustaría remarcar tres en los que nuestra exclusión nos lleva a una espiral de violencia y falta de sustentabilidad: el trabajo, el medio ambiente y la participación política.

En lo que refiere al trabajo, somos carne de cañón, la mayoría no tiene los derechos laborales más elementales y, quienes chambean, es muy probable que lo hagan en condiciones precarias. Como lo señala Armando Sobrino en “El futuro sin futuro” publicado en Tercera Vía, las personas jóvenes enfrentamos un entorno laboral adverso e injusto, pues 41% de los profesionistas jóvenes están desempleados o en la informalidad según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo; el estudio señalado también refiere que los sueldos para este sector cada vez se reducen más; y por si esto fuera poco, las prestaciones de seguridad social y acceso a una vivienda no alcanzan a permear a 6 de cada 10 jóvenes según la Organización Internacional del Trabajo.

El futuro de nuestro entorno tampoco es alentador. De acuerdo al reporte “México ante el cambio climático” elaborado por Greenpeace en 2010, México es uno de los países más vulnerables ante esta nueva realidad climática. Los efectos, fuera del evidente calentamiento, incluyen al exterminio de ecosistemas marinos, desabasto de agua, conflictos sociales, entre otros. También, el estudio “La economía del cambio climático en México” señala que los costos relacionados al cambio climático ascenderán al 6.22% del PIB para 2010, que es mucho mayor al porcentaje del PIB que hoy invertimos a educación o a salud. Esta es una deuda estamos heredando y que impactará en nuestro futuro.

Finalmente, nuestra exclusión de los procesos políticos es alarmante. De acuerdo al Estudio Censal de Participación Ciudadana realizado por el IFE en 2012, los jóvenes de 20 a 29 años son el segundo grupo demográfico que menos participa, sólo después de las personas de más de 80 años. También, resulta preocupante que, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Valores en Juventud 2012, casi 90% de los jóvenes mexicanos están interesado poco o nada en la política. Es decir, los jóvenes deliberadamente estamos dejando en manos de los adultos nuestro futuro.

Estos tres ejemplos nos muestra por qué debemos involucrarnos en la política. Las decisiones que se tomen hoy afectarán el resto de nuestras vidas. Lejos de ser fatalista, quisiera que esta realidad nos llame a las personas jóvenes a tomar un papel protagónico en la política y abrazar así las posibilidades de un destino con futuro.