Si Peña Nieto se fumara un churro…

Pongamos la situación así: el Presidente de la República, en un inusitado deseo de entender el asunto del que ha estado opinando desde hace tanto tiempo, decide encerrarse en su oficina y fumarse un cigarro de mariguana. Le pide con toda discreción al jefe del Estado Mayor que le consiga un poco de esa que decomisa el Ejército a los narcos, y que nadie lo moleste mientras esté en su oficina.

Al entrar a la primera oficina de la nación, el mandatario encuentra en su escritorio tres elementos. Un cigarro de mariguana perfectamente forjado, un encendedor tricolor y un disco pirata con un letrero que dice: “Lo mejor de los Beatles”, un detalle que se permitió el militar como un gesto de empatía con la investidura presidencial.

Peña Nieto enciende el cigarro. Inmediatamente un humo espeso y oloroso lo cubre como una nube. Mientras observa la combustión recuerda lo firme de sus convicciones y su necia oposición a que las personas fumen mariguana. “Eso lleva a otras drogas”, se repite como un mantra.

El Presidente guarda silencio mientras contiene el aliento como si temiera ser descubierto. Sin embargo, el humo raspa su garganta y no puede evitar toser insistentemente.

–¿Todo bien, -Presidente? –pregunta del otro lado de la puerta el jefe del Estado Mayor.

–Todo bien –responde el Presidente mientras piensa que es extraño que después de haber fumado el cigarro de mariguana ésta aún no le haya hecho efecto.

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¡Momento!, piensa el Presidente. ¿Qué es esa voz que oigo en mi cabeza?, se pregunta, mientras otra voz también salida de su cabeza le contesta: ¡Estás pensando, felicidades! ¡Dios! Así que de esto se trata. ¡Qué extraño! Es como hablar con uno mismo. ¡Es como un teleprompter mental!

El Presidente rompió su silencio con una carcajada que lo hizo desconocerse, una risa tonta que lo tomó por asalto y no lo soltó durante varios minutos. No es que fuera un buen chiste. Más bien descubría de pronto la maravillosa posibilidad de reírse de sí mismo. Pero luego se puso serio al pensar que si hubiera pensado antes tal vez no estaría ahora donde está, que tal vez hubiera tenido una vida más feliz y menos exitosa, pero más acorde a lo que él es. ¿Qué hago aquí?, se pregunta el Presidente. ¿Quién diablos soy? ¿Por qué estoy pensando estas cosas?

Tratando de salir de ese camino sin retorno, toma el disco de los Beatles y lo pone en la computadora. Mala idea, el disco comienza con Nowhere man y el presidente se proyecta durísimo. “He aquí un real hombre de ninguna parte. Sentado en su ningún lugar”. Siente calor, frío, suda un poco, tiene miedo, experimenta lo que los pachecos veteranos conocen como “la pálida”.

En ese momento La Gaviota entra súbitamente por la otra puerta de la primera oficina de la nación.

–Mi amor, ¿quieres venir a ver el nacimien?… ¿Quién está fumando mota? Perdón, quiero decir, ¿qué diablos estás haciendo, Enrique?

(Música dramática)

Esta historia continuará…

(o no, nadie lo sabe).