“Somos habitantes del socavón”, por @warkentin

Yo no sé ustedes, pero a mi eso de que la tierra se hunda, así nomás, como que me espanta.

 ¿Pa’ qué tanto resquebrajamiento si queremos el piso parejo?

Ya que la tierra se mueva, tiene lo suyito.  No corro no grito no empujo, y una se mantiene así, estoica, con la mirada atenta mientras tiembla. Y sólo esperas que los dioses del zangoloteo se apiaden y no quedes en medio de los escombros o atrapada en la gritadera de la histeria urbana. Una ya creció con los temblores; trae ahí en el código genético la sacudida del 85, por ejemplo, y la reconfiguración completita del disco duro chilango y del personal. Y no está chido que se mueva el piso, pero bueeeeeeno. Ahora, ya que se nos hunda el territorio, de sopetón… ¡jo’er! #ADóndeVamosAParar

[socavón: hundimiento del suelo por haberse producido una oquedad subterránea] dícese también del agujerototototote que se abre donde no debía estar.

Si usted tuvo la mala fortuna de andar circulando por el Periférico chilango a la altura de Polanco este pasado miércoles, seguro se encontró con que… no podía circular. Resulta que nos amanecimos con tremendo hueco al infierno, un socavón que dejó intransitables los carriles del Periférico (dícese, de la “vía rápida”) en dirección hacia el Estado de México. Y claro, el desbarajuste vial fue absoluto. Las mentadas de madre se articularon en paisaje sonoro: no llegué a la cita, no llegué a trabajar, no llegué a desayunar, no llegué a la escuela, no llego a la terapia, llevo dos horas atrapada, llevo tres horas atrapado, me urge ir al baño yaaaaaaaaaa. Caos urbano al máximo nivel que sólo tardó, mmmhhhhhhh… un montón de horas en solucionarse. Nada es rápido en la viña de los socavones.

Ahora bien: cuando se hunde la ciudad así (y no poco a poco, como nos gustaba presumirle a los turistas en tono de “mira nuestra ciudad está sobre un lago y por eso los edificios chuecos y Bellas Artes que se va yendo pa’abajo cada año #yasí”), me espanto. Veo los segundos, terceros pisos por doquier, y me da como la náusea proto-sarteana: ¿y si se hunden o se voltean o se van por un socavón uno así más grandísimo? Y tanta y tanta obra, y pienso en los agujeros que se iban abriendo por el WTC. Y allá, la escénica de Ensenada que también se la chupó un agujerote. Y acá los baches, cada vez más profundos, con su arbolito o el palo de escoba o un cacho de llanta, no nos vayamos a quedar. No sé, en todo esto intuyo demasiada mano humana. Y eso me da miedo.

Será que no confío.

Será que temo que, a pesar de las explicaciones y del “esto ya no pasará y del se debió a una fuga de agua atípica…” esto volverá a pasar. Una y otra vez.

Estaremos destinados a ser ciudadanos del socavón.

(GABRIELA WARKENTIN / @warkentin)