Todos somos parte del mismo guacamole

Comencemos pensando que esta ciudad es como un gran molcajete cósmico. Una enorme piedra de los sacrificios donde somos molidos por el temolote de la vida y del tiempo (y de la delincuencia, la burocracia, el desempleo, los impuestos, la corrupción, el tránsito, las marchas, los bancos, las transas sindicales, el aire envenenado, los baches, las obras eternas, las cubetas abajo de las banquetas, etc, etc, etc). Aquí conviven desde hace siglos aguacates y jitomates, cebollas, cilantro y todos los chiles en medio de este gran guacamole del que somos parte.

 Desde el inmenso mortero negro y gris con forma de puerquito, mismo que avanza lentamente con sus patitas de piedra sobre las montañas y va haciendo más grande nuestro molcajete, somos testigos privilegiados del pequeño apocalipsis de todos los días; de las radiaciones solares que han llevado a nuestros científicos de cada esquina a desarrollar la “manguita de taxista”, de los temblores que nos sacuden con la frecuencia de un adolescente onanista, de las malformaciones genéticas que provoca entre los burócratas comer en toper en el escritorio de la oficina, así como de los problemas conyugales entre el Popocatépetl e Iztacíhuatl que suelen terminar con furiosas exhalaciones de humo y besos de ceniza.

He sido parte de esta ciudad desde hace tanto tiempo que ya no sé donde termina el molcajete y donde empieza el guacamole, ni qué parte de mí es más jitomate o cebolla, aunque me queda claro que vivir aquí pica. Si no picara tanto esta ciudad no tendríamos las mucosas gástricas inflamadas y el síndrome del cólon irritable. Es lo malo de ser parte del guacamole. Un guacamole que sueña que el temolote de mil rostros un día nos deja de machacar.

A veces descubro que como todo lo que aquí existe yo también me estoy volviendo ruina, que empiezo a tener consistencia de vestigio arqueológico y no me sorprendería que un día se detuviera frente a mí un guía de turistas para explicarle a unos japoneses con aifons la clase de mexicano que fui antes de extinguirme o de volverme momia sin haberme dado cuenta.

Comencé a escribir para el extinto periódico El Nacional el siglo pasado, en el año de 1991. Hacía crónicas de lucha libre para la sección de deportes y mi compañero de escritorio era ni más ni menos que don Fernando Marcos. Aprendí todo lo que se pudo sobre el periodismo y recorrí todas las secciones del diario cuando todavía hacíamos nuestras notas en máquinas de escribir y formábamos el periódico a mano, pegando los textos con goma y midiendo los cuadratines y líneas ágata. Luego llegaron las computadoras y los diseñadores, y yo salí de El Nacional para recorrer decenas de periódicos y revistas y escribir de la vida, del amor, y de política, por supuesto.

Hace años dejé de escribir en la prensa. Me sentía como el clásico sacerdote de las películas que ha perdido la fe y no se atreve a dar misa. Así estaba yo, refugiado en la radio y en la música, pero me han invitado a ser parte de este espacio y no puedo más que aceptarlo con gratitud, como Rambo cuando van a buscarlo al desierto para que regrese y él se hace del rogar pero al final acepta (y aquí prometo parar con las referencias cinematográficas chafas).

Por eso, antes de que las ruinas me devoren, me encomiendo a la Guadalupana y a Tezcatlipoca Madre. Y a ustedes, [email protected] lectores, para poder conversar en estas páginas sobre lo que sucede en nuestro gran molcajete cósmico.

Mi corazón, mientras tanto, seguirá girando en un trompo al pastor.

(FERNANDO RIVERA CALDERÓN / @monocordio)