UNA FIESTA CON MÁS DE 400 AUSENTES

Interrumpen tu programa de radio para dar una noticia de última hora: Detuvieron hace unos minutos en España al exgobernador de Coahuila. Te paralizas, dudas, no lo crees. Verificas que no es día de los inocentes. Las siguientes noticias lo confirman: Sí, es él, la Guardia Española detuvo a Humberto Moreira.

Comienzas a recibir mensajes de tus compañeras, primero incrédulas como tú, luego desbordadas de alegría. Dejan de lado el duelo y por un día, al menos este día, festejan.

Lo agarraron, según escuchas, por delitos relacionados con mal uso de dinero, y de inmediato piensas que fue por esa deuda que dejó al estado, por ese dinero que no aparece. Y, aunque la radio no habla de lo que te hizo a ti, a tu hijo, a las familias de tus compañeras, tú sientes que la justicia internacional en algo repara hoy tu pena, que algo tiene que ver con ustedes. Sabes que quizás mañana lo liberen, que el gobierno mexicano tiene mañas para arreglar conflictos internacionales, para tapar su mala imagen, pero al menos por hoy, por estos días, tendrás el gusto de saberlo en la cárcel. Tras las rejas está ahora el hombre que se burló de ti, de todas ustedes, tantas veces que fueron a rogarle que buscara a sus hijos que fueron desapareciendo en todo el estado. El mismo que se fingió conmovido y citó a su gabinete para atenderlas. El que se hizo el sorprendido de lo que ustedes le decían, como si él no fuera quien gobernaba el Estado, como si desconociera que funcionarios de su gobierno estaban ligados con los Zetas –como después estableció la PGR que después, extrañamente se desdijo–, como si no supiera que los penales eran controlados por narcos y se usaban como centros de exterminio.

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Entonces fingía. Era claro, la gente notaba que a partir de que él llegó al gobierno se desató la violencia. Desde 2008 las desapariciones se convirtieron en epidemia y, con el tiempo ustedes hasta le encontraron un patrón: las cometían delincuentes en colaboración con funcionarios públicos, principalmente policías.

Cuando pidió licencia como gobernador para irse a la ciudad de México, a dirigir su partido, el PRI, dejó el estado alquilado y convertido en un succionadero de personas, en un hoyo maldito donde ir en grupo o llevar un carro bueno o traer placas de fuera te hacía desaparecible, donde los narcos tenían permiso para operar. Tú y tus compañeras saben que alguien tuvo que abrirles la puerta y los dejó entrar, y que por eso nadie ha pedido cuentas.

Por eso ustedes se llaman, festejan, sonríen. Aunque mañana digan que la detención fue un error, el gusto hoy nadie se los quita. Quizás pronto puedan acusarlo de la desaparición de tu hijo y de otras 167 personas por quienes fundaron uno de los primeros comités de familiares en busca de sus desaparecidos durante la llamada narcoguerra. Hoy son más de 400 personas que no aparecen en Coahuila. A la última reunión que tenía él con ustedes, con las familias, él ya no llegó: prefirió una posada con el candidato Enrique Peña Nieto.

Toda la gente desea que regrese el dinero que desapareció de Coahuila, aunque ese dinero, es rumor popular, se fue a la campaña de Peña, como el de otros gobernadores que empeñaron a sus estados en las elecciones a Presidente. Lo que más quieres es que regrese tu hijo y los hijos e hijas de las compañeras. Te han quitado todo, hasta lo que más amabas, te han dejado danzando sola, y en peregrinaje por todo el país pidiendo justicia. Pero este día de gozo nadie te lo quita.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.