Una historia de impunidad, por @antonioortugno

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Soy vecino, hace años, de un recinto que alberga una cancha de basquetbol. Es propiedad, hasta donde se sabe, de la sección 33 del sindicato de ferrocarrileros, con sede en Guadalajara, pero está alquilada a un administrador particular. Esa cancha es un buen ejemplo de por qué México va tan mal. Me explico: la cancha funciona sin permisos municipales desde 1997. En aquella época pagó uno como “escuela de basquetbol” y no volvió a hacerlo. En 18 años. Opera como un local de atención al público (tiene tribunas para más de 200 personas) aunque el uso de suelo lo prohíbe. También vende alcohol sin permisos y su operador es tan generoso que no se los niega a los menores de edad. Por si esto fuera poco, trabaja sin horarios: abre las puertas de lunes a domingo, a la hora que sea, incluyendo las madrugadas, siempre y cuando alguien pague.

 La calle era una privada que terminó por abrirse a la circulación. Pero es la vía más estrecha de la colonia: mide seis metros de lado a lado. No obstante, es de doble sentido, porque a los asistentes a la cancha no les da la gana dar vueltas. Y como no les da la gana, estacionan sus automóviles en cada metro que ven desocupado, sin importarles tapar cocheras o derribar arbustos (eso sin contar con que les da por jugar arrancones o brindar espontáneas serenatas con la música a todo volumen si el partido estuvo bueno y traen adrenalina en el cuerpo, así esté por amanecer). La canchita tiene cuatro espacios para aparcarse pero llega a recibir decenas de visitantes. Cuentan los decanos del vecindario que, ávido de ganancias, el operador ha llegado a alquilar el lugar como casino para fiestas (violando, claro, todos los reglamentos posibles y superando de largo los niveles de decibeles urbanos). Vaya: hasta sopa de tortuga vendía (y acudían empistolados muy sonrientes a comerla). Son pocas las leyes y reglamentos que no haya pisoteado.

Hace cuatro decenios que los vecinos levantan quejas a las autoridades. ¿Y? Pues la intervención oficial ha sido, cuando menos, inepta. A veces les ponen un listón de clausurado en el refrigerador de la cerveza (y lo arrancan a los pocos días). A veces les piden que cierren más temprano (digamos a la medianoche, en vez de a las tres de la mañana). No ha sido infrecuente que los patrulleros o inspectores que les caen salgan tranquilamente con cervezas en las manos y, hemos de suponer, alguna mordidita en la cartera. Vivir al lado de esos sujetos es una pesadilla. Ahora, imaginemos esto reproducido calle por calle, municipio por municipio, estado por estado: cínica violación de la ley, impunidad total. Y la cereza: los iluminados que, al enterarse de la historia, dicen: “Ay, pues váyanse a vivir a un coto”. O váyanse de México. Lo mismo les da. En ese país, ay, vivimos.

(ANTONIO ORTUÑO)