Vivir en un sofá, por Guadalupe Nettel

Cuando era niña, resultaba excepcional que un desconocido durmiera en mi casa. Las veces en que esto ocurrió el invitado fue algún pariente lejano radicado en provincia o en el extranjero. Una sola vez, mis padres asilaron a una amiga en vías de separación. La mujer llegaba a dormir y se iba al trabajo por la mañana. No participaba en ninguna actividad ni se sentaba en la mesa durante el desayuno. Daba la impresión de que le avergonzaba invadirnos.

Al cumplir los diecinueve, mientras la mayoría de mis amigos seguía viviendo con sus padres, compartí departamento con una prima que también era estudiante. Para algunos miembros de la familia, nuestra casa era un símbolo de libertinaje, no tanto por lo que hacíamos sino por lo que hubiéramos podido hacer. Más adelante, atraída por el ambiente de la Roma y la Condesa, me mudé con un escritor a quien me unía exclusivamente un lazo de amistad y complicidad literaria. Era tan raro en ese entonces que dos jóvenes de sexo opuesto compartieran una casa que la gente nos preguntaba las razones por las cuáles escondíamos nuestro noviazgo. La costumbre, implantada desde hacía años en Estados Unidos y Europa, seguía siendo en México una excentricidad.

En 1995 me fui a Montreal con una beca de estudios y descubrí el mundo de los roomates. En el barrio del Mild End, que en esa época no era ni trendy ni hipster sino un vecindario habitado mayoritariamente por judíos ortodoxos, compartí tres departamentos: el primero con una chica uruguaya y su gato; el segundo, situado en la misma calle, con una argentina y su hijita, el último con un joven francés que demostró hacia mí la cortesía y la solidaridad que -se supone- debe tenerse entre hermanos. Nunca acepté más de dos compañeros de casa a la vez, en cambio conocí a gente que compartía galerones con otros nueve, lo cual ya constituía una especie de congregación no precisamente religiosa… Sin llegar a esos extremos, creo que, cuando hay armonía, tener un roomate es el perfecto punto medio entre la vida en pareja y la soledad. Ahora buscar compañero de casa entre desconocidos es algo engorroso pero cotidiano. Regularmente, aparecen en las redes sociales anuncios de departamentos para compartir. Existen incluso sitios dedicados al tema. Pero las costumbres domésticas no sólo han llegado hasta ahí.

No sabría decir si gracias a Internet o, por culpa de éste, los hábitos han cambiado muchísimo.

Hablemos por ejemplo del airbnb.com, un sitio donde la gente pone su casa o sus cuartos en renta. Todo un mercado informal emergió con ese sitio. Un mercado cuyo objetivo son los turistas incautos que no sólo tienen mayor poder adquisitivo sino que ignoran por completo los precios del alquiler en los distintos barrios del DF. Así las personas colocan anuncios esperando que la renta de una habitación durante pocos días, les pague la totalidad de la suya y, de ser posible, les complete para el teléfono.

Otra costumbre nueva es dejar la casa en estampida en cuanto aparece alguien dispuesto a pagar la suma desorbitada que pusieron en línea. Basta con meter lo indispensable en una maleta, llevarse a los niños a casa de la abuela y esperar que el cliente tenga buenos modales, que no destroce la vajilla ni descomponga la regadera. Otra de esas costumbres recientes es el coach surfing, una comunidad cibernética dispuesta a dar acogida a cualquier viajero que desee pernoctar en el sillón de la sala sin pagar un centavo. La duración de la estancia no está determinada. En principio se trata de periodos breves pero hay quienes se instalan en un sofá durante meses sin que el anfitrión los eche de su casa. Basta meterse a coachsurfing.com para descubrir los cientos de anécdotas rocambolescas que se han generado en tales circunstancias. No deja de sorprenderme el espíritu aventurero de alguna gente.

En mi infancia, no había secuestros ni decapitados y, sin embargo, las personas tenían reservas antes de permitir que cualquier descon,ocido entrara a su casa. Ahora la intrepidez parece ser una manera más de conjurar a la mala suerte.

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(GUADALUPE NETTEL )