Yen-tri-fi-kei-chion, la fórmula para desalojarnos

 

En la puerta de mi casa encontré una pareja tipo revista Hola!: él, traje de lino; ella, sombrero de realeza europea; emocionados al salir del departamento en exhibición dos pisos arriba del mío, seguro flechados por los techos altos, los pisos de madera, los ventanales, los acabados franceses y el lindo pasillo florido del corredor de la entrada. Sonreían aún cuando el precio que les dieron equivalía a rentar en Nueva York.

Durante semanas vi la pasarela de parejas en busca de su oasis en mi edificio, en mi barrio -de cafés boutiques, tiendas de diseño y florerías-, el barrio de moda en esta ciudad

Nunca les dieron un recorrido nocturno con el que conocerían el ancestral pleito entre los departamentos donde vivo y la vecindad contigua, la cumbia madrugadora a todo pulmón que nos despierta, los pleitos maritales que terminan en golpiza, la basura que se pudre todas las noches sobre la banqueta, la vecina que vive de freír alitas en la entrada; la guacamaya que grazna, ubicada en lugar estratégico para arruinar los nervios; los ladridos del perro neurótico (y los gritos de “callenaeseanimaldel demoniooo”), los pleitos por el agua, las inundaciones cuando llueve; la humedad convertida en plaga o los temblores que hacen escupir polvo a los edificios cercanos.

Llegué a mi barrio mucho antes de que habitar aquí significara estar a la moda. Ahora cada semana descubro un nuevo restorán, centro de meditación, parquímetro o tienda de lo increíble (la última era de bebederos para pájaros). El nuevo soundtrack de mi vida es el de máquinas fundidoras, excavadoras, pulidoras. El paisaje diurno es el de hombres con martillo o brocheando los últimos toques de barniz, o de banquetas destrozadas para plantar jardines exóticos.

Apenas el fin de semana descubrí que un sucio local abandonado de la avenida es hoy un concurrido restorán de “oysters”. Pasos adelante encontré basura tirada, un televisor roto, muebles pulverizados, recuerdos hechos trizas a un lado de un campamento de inquilinos recién desalojados de la vecindad más cercana. La expulsión coincidió con la inauguración; ahora resisten en la calle mientras ven comer ostras.

Antes tocó a la vecindad de la esquina. Sus habitantes dormían atrincherados, los muebles contra la puerta y, como en película de terror, cada vez que timbraban por una ranura sólo se veían los ojos vigilantes de quienes se defienden. Y la vecindad de enseguida, la del perro neuras y la guacamaya, está en los planes. La excusa para sacar a mis vecinos siempre ha sido la escalera cuarteada.

Esto es la gentrificación (yentrifikeichion, como se dice en inglés donde se originó esa fea palabra): el fenómeno urbano en el que gente con más dinero desplaza a pobladores originales o más pobres.

No sólo son los de las vecindades. Yo, como todos los no propietarios, somos desalojables. Cada año tengo que negociar con mi casera que no me suba más la renta y cada seis meses escucho sus tristes lamentos: “Pierdo dinero contigo, podría rentar en euros”. Cierto. Pero yo no gano en euros, a mí nadie me sube el salario. Y tampoco quiero irme porque estoy enamorada.

Me enamoré de mi colonia antes de que los hipsters se pusieran de acuerdo en que querían vivir aquí, los desarrolladores cumplieran sus caprichos, y todos se volviera estúpidamente caro. Yo llegué antes y comía, a precios “menú del día”, en sitios donde ahora hay lista de espera y donde los precios han cambiado tanto que pareciera que la comida y los cocineros fueran importados.

Apréndase esa palabra: “gentrificación”, e investigue si hay planes para conjugarla en su barrio porque usted puede ser el próximo desalojable.

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Fundadora de la Red Periodistas de a Pie. Colaboradora en la revista Proceso. Autora de "Fuego Cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco". Ganadora de varios premios internacionales entre los que destaca el Premio de Excelencia de la FNPI, Premio Wola de Derechos Humanos y Premio a la conciencia e integridad en el periodismo de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.